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domingo, 22 de abril de 2018

LA TOMA DE DECISIONES EN LA INCERTIDUMBRE


Annie Duke, en “Thinking in bets. Making smart decisions when you don´t have all the facts”, utiliza sus conocimientos como experta jugadora de póker para revelar cómo podemos sentirnos cómodos en situaciones de incertidumbre y adoptar buenas decisiones en cualquier situación.

Los seres humanos tenemos la tendencia a equiparar la calidad de una decisión con la calidad del resultado. Los jugadores de póker avezados por el contrario avisan de los peligros de caer en la tentación de cambiar de estrategia sólo porque unas pocas “manos” no han ido bien.

Si seleccionamos, por ejemplo, la que imaginamos que ha sido la mejor decisión tomada el pasado año y la peor seguramente nos encontraremos con que la mejor ha obtenido un buen resultado y la peor un mal resultado. Establecer una relación demasiado estrecha entre los resultados y la calidad de la decisión afecta nuestras decisiones cotidianas y puede llegar a tener consecuencias catastróficas. Puede facilitar, también que caigamos en el sesgo de la inevitabilidad que consiste en que una vez que conocemos el resultado  considerar que éste era inevitable y decir, por ejemplo. “Debería haber sabido que esto iba a pasar”  o “Debería haberlo visto venir”.

Ligamos las decisiones con los resultados aunque podemos encontrar numerosos ejemplos  donde esa correlación no es tan clara. Por ejemplo nadie puede pensar que llegar a casa sin problemas tras haber conducido borracho es una buena decisión aunque el resultado no haya sido malo. Cambiar decisiones futuras basándonos en ese resultado afortunado es peligroso.

Los estudios de numerosos psicólogos, economistas, neurocientíficos e investigadores cognitivos han mostrado que   los humanos frecuentemente somos víctimas de la irracionalidad a la hora de tomar decisiones. Nuestras mentes han evolucionado para crear certeza y orden por lo que nos sentimos incómodos con la idea de que la suerte juega un papel importante en nuestras vidas. Reconocemos su existencia pero nos resistimos a la idea de que independientemente de todo el esfuerzo que dediquemos las cosas pueden no salir como queremos. Nos sentimos mejor imaginando que el mundo es un lugar ordenado en el que la,aleatoriedad  no siembra el caos y las cosas son perfectamente predecibles. Hemos evolucionado para poder ver las cosas así. Crear el orden dentro del caos ha sido imprescindible para nuestra supervivencia.

Por ejemplo, cuando nuestros antepasados escuchaban crujidos en la sabana y de repente aparecía un león el establecer la conexión entre crujidos  y león podía ser vital para sobrevivir. Michael Shermer en “The believing brain”explica por qué históricamente buscamos conexiones aunque éstas puedan ser falsas o dudosas. Interpretar incorrectamente que el sonido ocasionado por el viento significaba que un león se acercaba se llama error tipo I o falso positivo y sus consecuencias son mucho menos graves que cometer un error tipo II, un falso negativo, que consistiría en escuchar el sonido y asumir que se debía exclusivamente al viento con lo que podía llegar a ser comido.

La búsqueda de la certidumbre nos ha ayudado a nuestra supervivencia como especie  pero puede ocasionar el caos en nuestra toma de decisiones en un mundo incierto. Si analizamos los resultados de las decisiones para ver lo que ha ocurrido podemos caer en una variedad de trampas cognitivas como asumir una relación de causa efecto cuando sólo existe una correlación o seleccionar exclusivamente los datos que confirmen la narrativa que preferimos.

Diferentes funciones cerebrales compiten para controlar nuestras decisiones. Daniel Kahneman popularizó en “Thinking fast and slow” la existencia del Sistema 1 o de pensamiento rápido que incluye a los reflejos, impulsos, intuiciones y las respuestas automáticas y el Sistema 2 o de pensamiento lento, responsable de la concentración y la reflexión. Un enfoque similar es el que defiende Gary Marcus en “Kluge: the haphazard evolution of the human mind” , en el que plantea que nuestro pensamiento se puede dividir en dos corrientes, la mente refleja que es rápida, automática y en gran parte inconsciente y la mente deliberativa que es lenta y juiciosa.

La diferencia entre los dos sistemas se observa también en su origen, ya que el procesamiento automático se origina en las partes más antiguas del cerebro, como el cerebelo, los ganglios basales y la amígdala y la mente operativa opera desde la corteza prefrontal. Ambas mentes son necesarias para nuestra supervivencia y desarrollo. Las grandes decisiones sobre qué queremos alcanzar implican a la mente deliberativa, pero muchas de las decisiones que tomaremos para actuar con el fin de lograr esas metas ocurren en la mente refleja.

La mayor parte de las cosas que hacemos cotidianamente son realizadas de forma automática. Tenemos hábitos y estándares que rara vez examinamos y cuestionamos. El desafío no se encuentra en cambiar la forma en la que el cerebro opera sino en ver cómo trabajar dentro de las limitaciones que tiene.  

Nuestra meta consistiría, pues, en reconciliar los dos sistemas  y alinearlos. Los jugadores de póker, por ejemplo, tienen que tomar múltiples decisiones que van a tener consecuencias financieras significativas en un corto periodo de tiempo y para ello su mente refleja se tiene que alinearse con la deliberativa y sus metas a largo plazo. Esto hace que el juego del póker sea un laboratorio  excelente para estudiar el proceso de toma de decisiones.

Cada mano de póker requiere al menos tomar una decisión y en algunos casos se necesitan veinte o más. Durante un juego de póker en una mesa de un casino los jugadores pueden llegar a jugar hasta 30 manos por hora por lo que  cada una de ellas suele durar aproximadamente dos minutos. Las sesiones de póker suelen durar varias horas lo cual significa que un jugador  toma cientos de decisiones por sesión todas ellas a gran velocidad.  Los mejores jugadores deben encontrar formas de armonizar conflictos que parecen irresolubles.

Además, una vez que el juego ha finalizado deben aprender de esa mezcla confusa de decisiones y resultados para lo cual deben separar lo que es fruto del azar de lo que es consecuencia de la habilidad. Esta es la única forma que tienen para mejorar.

Resolver el problema de cómo actuar es más importante que el talento innato en el póker. Todo el talento del mundo no va a   ser de utilidad si un jugador no evita las trampas más frecuentes de la toma de decisiones, aprende de los resultados de forma racional y mantiene sus emociones fuera del proceso.

John von Neumann es el padre de la teoría de juegos, que constituye la base para el estudio de la toma de decisiones, ya que reconoce los retos que plantean las condiciones cambiantes, la información oculta, la casualidad y el hecho de que muchas personas estén involucradas en las decisiones y se inspiró para formularla en el juego del póker.

Las decisiones que tomamos en nuestra vida se ajustan con facilidad a la definición de von Neumann sobre “juegos reales” ya que implican incertidumbre, riesgo y algún  engaño ocasional que son elementos destacables del póker. El problema surge si tratamos estas decisiones sobre nuestra vida como si estuviésemos jugando al ajedrez.

El ajedrez se caracteriza por no basarse  información escondida y por dejar poco o nulo espacio al azar. Las piezas están a la vista para que los jugadores las puedan ver. Si perdemos un juego de ajedrez será porque nuestro contrincante ha movido mejor las piezas que nosotros. Teóricamente podemos volver hacia atrás para averiguar dónde cometimos los errores. Si uno de los jugadores es un poco mejor que el otro casi inevitablemente ganará siempre. El ajedrez, pues, a pesar de toda su complejidad estratégica no es un buen modelo para la toma de decisiones en nuestra vida, donde la mayor parte de las decisiones implican información que no tenemos y una mayor influencia de la  suerte, lo que origina un desafío que no existe en el ajedrez que es el de identificar las contribuciones relativas de las decisiones que hacemos versus la suerte en la forma en que las cosas resultan.

El póker, por el contrario es un juego en el que la información que posee el jugador es incompleta. Es un juego de toma de decisiones en condiciones de incertidumbre, en el que información valiosa puede mantenerse oculta y en el que la suerte juega un papel. Puedes tomar la mejor decisión posible con las cartas que tienes en tu poder pero perder la mano porque no sabes lo que nuevas cartas o las de los demás revelarán. Una vez que el juego termina y tratamos de aprender de los resultados diferenciar la influencia que ha tenido sobre los mismos  la calidad de nuestras decisiones del azar es complicado. En el ajedrez los resultados muestran una conexión más estrecha con la calidad de las decisiones.

La vida se parece, como hemos comentado, más al póker. Si queremos mejorar en cualquier juego, igual que en cualquier aspecto de nuestras vidas, tenemos que aprender del resultado de nuestras decisiones, teniendo en cuenta que la incertidumbre a la que nos enfrentamos normalmente da pie a que nos engañemos y malinterpretemos los datos. Por tanto, debemos ser conscientes de que el asumir que nuestra toma de decisiones es buena o mala en función de un pequeño número de resultados no es la estrategia adecuada.

Von Neumann entendió que la vida no nos revela con frecuencia esta realidad por lo que basó la teoría de los juegos en el póker ya que comprendió que tomar mejores decisiones comienza con la comprensión de que la incertidumbre puede ocasionar muchas jugarretas.

Otro problema con el que nos podemos encontrar cuando tomamos decisiones exclusivamente fijándonos en los resultados es que como frecuentemente sólo tenemos una oportunidad de tomar una decisión esta situación nos pone bajo una gran presión de acertar y sentimos que debemos estar seguros antes de actuar por lo que no queremos considerar que existe el azar o la información oculta o inaccesible. No queremos aceptar que no estamos seguros o no sabemos.

Si queremos ser buenos tomando decisiones debemos sentirnos cómodos al decir: “no estoy seguro” o “no sé”. Admitir que no sabemos no tiene buen cartel pero si queremos aprender debemos comenzar por reconocer nuestra ignorancia. Stuart Firestein en su libro “Ignorance:how it drives science” defiende la idea de reconocer los límites de nuestro conocimiento diciendo que en el mundo científico decir “no lo sé” no es un fracaso sino un paso necesario hacia la iluminación.

Lo que hace que una decisión sea buena no es que tenga un gran resultado. Una gran decisión es el fruto de un buen proceso y éste debe incluir el intento de representar con exactitud nuestro conocimiento real en el momento, que va a ser una variación de “no estoy seguro”. De esta forma estamos reconociendo que aunque podemos tener alguna idea sobre las posibilidades de que un hecho ocurra no estamos seguros de cómo pueden desenvolverse las cosas en una situación determinada. Intentamos adivinar cuáles son las posibilidades de que ocurra cada posible resultado. La exactitud de nuestras suposiciones dependerá de la cantidad de información que poseamos y de la experiencia que tengamos en este tipo de adivinanzas. Esta es la base de cualquier apuesta.

En ocasiones nuestra mejor elección no tiene siquiera muchas posibilidades de tener éxito. Un abogado defensor, por ejemplo, ante un caso complicado puede tener que elegir entre estrategias que no tienen ninguna seguridad de triunfar. Su meta, en estas situaciones, será identificar las posibles alternativas y seleccionar la que parece menos mala para el cliente.

Existen varias razones por las que aceptar la incertidumbre nos puede ayudar a tomar mejores decisiones, siendo una de las más importantes la siguiente: al reconocer que no estamos seguros nos sentiremos menos tentados de caer en la trampa del “blanco o negro”. Ésta hace que representemos el mundo en términos de correcto e incorrecto, sin dejar posibilidades a la gama de los grises.

Las decisiones son apuestas sobre el futuro y no son correctas o incorrectas en función del resultado. Si éste no es el deseado no significa que la decisión fuese la equivocada si hemos estudiado adecuadamente las alternativas y posibilidades previamente y asignado los recursos en función de ese análisis. Cuando pensamos en términos de probabilidades no vamos sólo a utilizar un resultado adverso como prueba de que hemos cometido un error a la hora de tomar una decisión porque reconocemos que ésta ha podido ser buena pero que:

a).- La suerte o la información incompleta han intervenido.

b).- Era la mejor de una serie de elecciones poco atractivas.

c).-Los posibles beneficios compensaban el riesgo pero no salió bien.

d).- No era la mejor opción, pero era la segunda mejor posibilidad.

El póker nos enseña una lección: un buen jugador que tome mejores decisiones estratégicas que el resto perderá aproximadamente en un 40% de las ocasiones a lo largo de una partida de 8 horas. No siempre se puede ganar.

                    

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