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domingo, 3 de junio de 2018

CREATIVIDAD E IMPLICACIÓN. PENSAR COMO UN NIÑO II


Paul Lindley, en su libro “Little wins. The huge power of thinking like a toddler”, como hemos visto en una entrada anterior,  propone que “crezcamos hacia abajo” para cambiar la forma en que pensamos para volvernos más abiertos, curiosos, creativos, ambiciosos, claros en nuestro lenguaje, juguetones y sociables y para ello recomienda seguir nueve pasos a través de nueve comportamientos. El primero, ya comentado, es TENER CONFIANZA. Continuando con el análisis de los siguientes tenemos:

II.- SER CREATIVOS

Como adultos la creatividad  es algo que solemos poner en un pedestal. Consideramos a los inventores y soñadores, empresarios como Richard Branson o Steven Jobs, como si perteneciesen a una raza aparte, como personas con unas mentes y visiones que los demás no podemos aspirar a tener nunca. Hasta cierto punto esto es verdad como han demostrado algunos estudios neurológicos pero, el autor, cree que el verdadero problema radica en que la mayoría de nosotros pensamos que estos genios creativos que tienen un talento especial que poseen sólo unos pocos elegidos con lo que nos bloqueamos y rechazamos la posibilidad de ser creativos en nuestra vida cotidiana.

Lidley recomienda para evitar caer en este patrón mental que “crezcamos hacia abajo” recapturando la capacidad de exploración, juego e inconformidad que poseíamos cuando éramos pequeños. Para ello sugiere que nos centremos en cuatro elementos importantes en esa fase de nuestras vidas y los recuperemos en nuestra vida adulta. Éstos son:

1.- Desafiar a las convenciones ignorando las críticas y obstáculos que pueden surgir ante las ideas creativas. En la primera infancia tenemos rutinas marcadas para nosotros, pero eso no significaba que todos los días fuesen iguales. Jugábamos y explorábamos y hacíamos un montón de preguntas. A través del juego y de las preguntas constantes íbamos evaluando los límites del mundo que nos rodeaba. Como adultos no sólo casi hemos abandonado completamente el juego sino que vamos aceptando las cosas tal como nos dicen que son. Nuestra capacidad de querer saber y de asombro disminuye ante las realidades de la vida.

Si queremos ser más creativos debemos hacer más preguntas, lo cual implica el ser más rigurosos en la valoración de lo que hacemos cotidianamente, preguntándonos, por ejemplo: ¿Estoy haciendo esto porque es lo mejor o porque es lo que estoy acostumbrado a hacer?, ¿Esto nos ayuda o sólo estamos siguiendo una rutina?

La habilidad de desafiar a las convenciones comienza por ser más inquisitivos, identificando las oportunidades para hacer las cosas de modo diferente y mejor.

2.- Probar estrategias diferentes. La creatividad no surge únicamente del deseo de desafiar el pensamiento convencional, sino, también, de la disposición a aprender y probar, de desarrollarnos mientras ensayamos distintas estrategias. Esto es algo que dominan los bebés y niños pequeños: una vez que han decidido lo que quieren se centran en el fin y no en los medios y no les importa parecer tontos si no lo consiguen, siguen adelante e intentan algo diferente o piden ayuda. No se descorazonan ni se rinden  tan fácilmente como los adultos. La capacidad de aprender de las cosas que no funcionan y de adaptarlas para que lo hagan es parte fundamental del proceso creativo, no hay que olvidar que se aprende más de los fracasos que de los éxitos. El riesgo es que nos descorazonemos fácilmente en el camino, en ocasiones por nosotros mismos pero con más frecuencia por la intervención de los demás.

Cuando planteamos, por ejemplo,  una nueva idea a un grupo de personas suele ocurrir que primero se produzca un murmullo de asentimiento seguido por las palabras fatídicas pronunciadas por un miembro del grupo: “Déjame que actúe como abogado del diablo un momento”. Tom Kelley, experto innovador, mantiene que diariamente miles de buenas ideas, conceptos y planes son rechazados debido a la actuación de estos “abogados del diablo”. Los pequeños actos de negatividad, por tanto, pueden tumbar ideas mientras que la crítica constructiva puede hacer que salgan adelante. Nuestra incomodidad ante los fallos y nuestra sensibilidad ante las opiniones de los demás hace que seamos menos creativos que cuando éramos niños y olvidamos que ninguna idea estará lista para competir si no ha sido probada, adaptada y mejorada para que sea útil.



La creatividad se encuentra tanto en la inspiración como en la ejecución y requiere que actuemos como lo hacen los niños pequeños: experimentar con distintos enfoques, aprender qué es lo que funciona y qué es lo que no lo hace y actuar.

3.- Jugar y explorar. Robert Epstein plantea que las nuevas ideas son efímeras y que si no somos capaces de captarlas con rapidez normalmente desaparecen para siempre. Nunca sabemos cuándo vamos a tener una buena idea. Suele surgir en escenarios no convencionales ya que existen investigaciones que muestran que los procesos inconscientes de pensamiento que tienen lugar cuando estamos distraídos pueden facilitar activamente las decisiones complejas. Las cosas que consideramos  que nos distraen pueden proveer el estímulo o la inspiración que necesitamos para encajar una idea, realizar una conexión mental o contrapesar una decisión difícil.

Las restricciones que nos ponemos, conscientes o no, nos alejan  de cómo vivíamos en nuestra primera infancia. Entonces el juego era un trabajo de tiempo completo y aprendíamos de todo lo que nos rodeaba. Explorábamos con todos nuestros sentidos y nuestro minúsculo mundo era un lugar excitante y de descubrimiento constante.

Como adultos nuestro mundo se ha tornado enorme pero nuestro deseo de exploración con frecuencia se ha reducido en gran medida, ya que aunque de niños se nos anima a utilizar nuestra imaginación y a explorar mundos imaginarios, a través de lecturas, películas y juguetes, los mismos impulsos se coartan en los adultos y el juego y la imaginación dejan de fomentarse.

Para recuperar está capacidad de juego e imaginación el autor sugiere que procuremos hacer cosas distintas, tanto en el trabajo como en nuestra vida personal, cosas que nos hagan salir de nuestras rutinas y conocer nuevas personas y entornos, así como experimentar cosas distintas.

4.- Vivir el presente. Es la última lección sobre creatividad que podemos aprender de los niños pequeños. Para éstos el mundo es lo que tienen delante de ellos. Tienen la habilidad de concentrarse intensamente, aunque también se distraen con facilidad, pero estén intentando aprender a montar en un triciclo, hacer un puzzle o ver su película favorita dedican una atención total a la tarea que estén realizando. No quedan atascados en el pasado, no tienen un concepto del futuro y viven siempre en el presente.

Lindley recomienda que aprendamos a crear momentos para nosotros que ayuden a liberar el pensamiento creativo, en los que realicemos cosas con las que disfrutamos y que nos permitan relajarnos.

La creatividad no es una competición en la que los ganadores son aquellos que dedican más horas a estar sentados delante de un ordenador. Si queremos tener éxito rompiendo algunas reglas y cambiando la forma en la que pensamos o en la que nuestra organización trabaja necesitamos liberar espacio en nuestra mente para hacerlo. Antes de que podemos pensar de manera diferente sobre las cosas necesitamos hacer las cosas de forma distinta, por lo que debemos salir de nuestro entorno reducido, explorar y divertirnos. Normalmente la solución a nuestros problemas llegará cuando menos lo esperemos.

III.- IMPLICARSE EN PROFUNDIDAD

Con frecuencia cuando nos preguntan qué es lo que lamentamos más la contestación es el no haber hecho algo. Necesitamos independientemente de nuestra vocación o profesión ser optimistas con respecto a nuestra capacidad de hacer las cosas bien, junto al deseo de lanzarnos a la acción con confianza, ambición y seguridad, hasta cuando no podamos estar seguros del resultado.

Es fácil contemplar cada decisión que debemos tomar en términos de los riesgos de que pueda ir mal, pero si tenemos fundamentalmente una visión pesimista de nuestras posibilidades intentaremos hacer menos cosas y tendremos menos éxitos como consecuencia. Cuando hacemos cosas nuevas, puede que funcionen o no pero aprenderemos de ellas. Lo que es seguro es que no aprenderemos si nos quedamos sentados sin hacer nada.

Debemos seguir nuestros instintos para tomar decisiones claras sobre si es conveniente  actuar o no.  Necesitamos ser realistas sobre lo que representa un buen resultado y no dejar que la búsqueda de la perfección impida que progresemos. Puede ser que no obtengamos todo lo esperado de una decisión que hemos tomado pero si nuestras ambiciones son elevadas y alcanzamos gran parte de ellas tendremos un resultado del que nos podremos sentir orgullosos.

En nuestra primera infancia nuestros instintos nos llevaban a marcarnos retos que todavía no habíamos conseguido, como trepar a algo que está fuera de nuestro alcance, comer con los cubiertos, etc. Éramos ambiciosos y nos marcábamos grandes metas, aprendíamos de las cosas que iban mal y dejábamos que nos ayudasen los que nos rodeaban y al final lo conseguíamos. Nos movía nuestra insatisfacción ante nuestras limitaciones y la aspiración de adquirir nuevas habilidades que veíamos en nuestro roles modelos.

Cuando decidíamos hacer algo nos lanzábamos a ello estuviésemos equipados para la tarea o no. No hablábamos de lo que íbamos a hacer, sino que lo hacíamos.

La lección que podemos aprender como adultos es que debemos ser ambiciosos y fijarnos grandes metas. Esto no significa que debamos saltar ante cualquier oportunidad que encontremos en nuestro camino o perseguir nuevas metas cuando las condiciones son adversas, pero todos nos podemos beneficiar de pensar a lo grande como cuando éramos pequeños. Por tanto, en ocasiones, deberemos implicarnos en situaciones en  las que no nos sentimos totalmente cómodos o creemos que no estamos bien preparados para enfrentarnos a ellas y reaccionar  como en nuestra primera infancia cuando nos marcábamos un reto,  lo intentábamos, fallábamos y lo volvíamos a intentar y eventualmente aprendíamos nuevas habilidades que evitaban que nos dañásemos.

Si, por ejemplo, nos encontramos ante una situación en que somos reprendidos por un cliente o jefe no debemos considerar estos momentos con vergüenza sino como experiencias de las que podemos aprender y que nos enseñan a ser mejores ya que pueden convertirse en  una parte importante de nuestro desarrollo personal.

Lindley plantea las siguientes reflexiones como síntesis de lo que tenemos que hacer en este punto:

Con frecuencia pensamos que no podemos hacer las cosas cuando en realidad estamos demasiado asustados y no nos atrevemos a empezar a hacerlas. No debemos rendirnos sin haberlo intentado antes y sin enfrentarnos a situaciones aunque nos preocupen o nos causen algún temor.

Al mismo tiempo tenemos que aceptar que no podemos tener todas las respuestas, por lo que tenemos que procurar encontrar a personas que tienen la experiencia y conocimientos para que nos ayuden a triunfar. Debemos seleccionar a nuestros aliados con cuidado y confiar plenamente en ellos.

Si vamos a apostar por algo hacerlo a lo grande, puede que no lo logremos en su totalidad pero aunque sólo sea una porción de nuestro objetivo original puede ser un buen paso hacia delante y abrir el camino para futuras aventuras. No debemos temer caer, ni dejarnos llevar por el desaliento ante cualquier contratiempo y sí aprender de nuestros errores y actuar en consecuencia para evitar repetirlos.




1 comentario:

  1. toda la razón, Lindley está claro, al igual que todos quienes estamos por mostrar la importancia de la creatividad para obtener resultados diferentes que nos cambien y ayuden a ser mejores cada día y disfrutar la vida.

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