Mary Abbajay en hbr.org del
pasado 6 de noviembre plantea que nadie debe sufrir por tener un jefe tóxico,
pero que desgraciadamente es una situación más común de lo que debería ser.
Diversos estudios muestran que cerca de un 30% de los jefes son moderadamente o
altamente tóxicos.
Mientras es sencillo
detectar a los líderes tóxicos que gritan y abusan de los demás en público
existen otras formas más sutiles y difíciles de visibilizar. Son los jefes que
hacen “luz de gas” y minan la autoestima de sus colaboradores de manera difícil
de probar y con frecuencia es nuestra palabra contra la de ellos que son los
que mandan. Para empeorar la situación estos comportamientos manipuladores,
aunque destructivos y despreciables no suelen romper normas específicas de las
organizaciones.
Resulta casi imposible progresar
si tenemos un jefe que activamente desprecia nuestros logros, disminuye nuestra
autoestima y bloquea nuestras oportunidades. En un mundo perfecto la solución
sería marcharnos pero esto no es posible en múltiples ocasiones.
La autora propone una serie
de sugerencias para procurar sobrevivir hasta que tengamos otra alternativa.
Éstas son:
1.- Asegurarnos de que realmente
no están sometiendo a “luz de gas” y que la situación no es fruto de la
incapacidad del jefe, de sus pobres dotes de comunicación o de que no le gusta
nuestro trabajo. Los expertos en esta conducta buscan activamente controlar y
manipular a los demás haciendo que la víctima se cuestione su propia realidad y
valía. Mienten, niegan las cosas que han dicho aunque las hayan puesto por
escrito, proyectan sus fallos en los demás, que tienen que estar siempre en una
actitud defensiva. Promueven la confusión, insinúan que los demás son los
incompetentes y en definitiva tratan de debilitar al otro para controlarle. Su
necesidad de control puede proceder de diversas patologías como incompetencia,
inseguridad, narcisismo, envidia o simplemente mezquindad. Si llegamos a la
conclusión que nuestro jefe es así debemos tomar las siguientes medidas:
2.- Documentar nuestras
interacciones. Intentar tener testigos durante nuestras reuniones y utilizar e-
mails u otro tipo de documentación escrita que recoja las conversaciones y
acuerdos.
3.- Proteger nuestra salud
mental. Es fundamental porque los jefes tóxicos son emocionalmente venenosos,
por lo que debemos crear una distancia entre nuestra salud mental sus conductas abusivas. Tenemos que centrarnos
en reafirmar nuestra valía recordándonos que nuestro jefe es el disfuncional no
nosotros realizando actividades que nos ayuden a ello. Hacer ejercicio, meditar
y hacer las cosas que nos gusten y que nos recuerden quiénes somos y lo que
valoramos.
4.- Activar nuestra red de
apoyo. Debemos procurar rodearnos de amigos y de personas que nos apoyen y
animen. Dedicar tiempo fuera del trabajo para socializar y reducir el estrés.
Podemos considerar el contar con un coach, terapeuta o cualquier otro
profesional cualificado.
5.- Minimizar los contactos
directos todo lo que podamos y procurar establecer relaciones con otros
líderes. Buscar mentores y de forma activa ver cómo construir nuestra red de
relaciones con aquellas personas que valoren y puedan defender nuestros
talentos y habilidades.
6.- Evitar los
enfrentamientos. Los jefes tóxicos no llevan los enfrentamientos bien. Los que
recurren a la “luz de gas” suelen sufrir de trastornos asociados a la
personalidad narcisista por lo que enfrentarnos a ellos o pensar que van a
cambiar es inútil puesto que su objetivo es mantener su ego intacto y su
control sobre los demás. Pueden reaccionar castigándonos más aún y el denunciar
la situación a un nivel superior suele ser difícil puesto que su comportamiento
va a ser complicado de probar y un jefe manipulador suele haber cuidado mucho
su relación con su jefe.
Si decidimos hacerlo tenemos
primero que ver cuál es la reputación de nuestra organización en relación con
el abordaje de situaciones similares. Para ello podemos indagar preguntando a
compañeros si conocen casos parecidos y también buscar en lugares donde los
empleados exponen sus opiniones sobre sus jefes. Una compañía con muchas
opiniones negativas normalmente no nos va a ofrecer mucho apoyo.
Si al final lo hacemos
tenemos que tener una idea clara sobre lo que queremos conseguir con la
conversación. Tenemos que estar preparados para hacer peticiones específicas de
lo que queremos y necesitamos para realizar nuestro trabajo y para explicar
nuestras razones, articulando cómo lo que planteamos no solo nos va a
beneficiar a nosotros sino, también, a él y a la organización.
7.- Explorar oportunidades dentro
de la organización. Pueden existir formas de escapar de un jefe tóxico sin
tener que dejar la compañía. Podemos buscar otros puestos que nos puedan
interesar y en los que podamos utilizar nuestras competencias e intentar
realizar esa transición.
La autora termina recordando
que tenemos que tener en cuenta que trabajar con un jefe tóxico puede hacernos
enfermar, que cuanto más estemos expuestos a esta situación más nos va a costar
recuperarnos posteriormente y que la toxicidad se va a casa con nosotros. Por
tanto, en algún momento podremos tener que determinar que la única forma de
progresar consiste en movernos y aceptar que marcharnos, siempre que sea
posible, es la mejor solución ya que si nuestro horrible jefe no va a cambiar
debemos recuperar nosotros nuestro poder.
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