miércoles, 8 de abril de 2026

LA PARADOJA DE LA RESILIENCIA

 


Anne-Laure le Cunff en Big Think del pasado 31 de marzo plantea que si se aplica ciegamente la resiliencia puede hacer un daño real a nuestra habilidad para cambiar sistemas dañados.

Tendemos a considerar la resiliencia como algo bueno y por tanto alabamos esta cualidad en los empresarios, cuidadores, estudiantes y líderes. Se ha convertido en una señal de madurez y fortaleza. Pero un creciente número de investigaciones muestran que si se utiliza ciegamente puede producir daño a nuestra salud y a nuestra capacidad de solucionar problemas.

El psicólogo George Bonanno, uno de los investigadores punteros sobre el tema, mantiene que la resiliencia no es un rasgo fijo, sino un patrón de flexibilidad regulatoria, esto es: la habilidad de escoger diferentes estrategias dependiendo del contexto. la paradoja surge cuando la resiliencia se asimila a una sola estrategia: agunatar y seguir hacia delante lo que  convierte a la resiliencia en una forma rígida de aguantar.

En numerosos estudios las personas con una capacidad de aguante mayor suelen persistir mayor tiempo en tareas que objetivamente no eran alcanzables. Por ejemplo, jugaban más tiempo, empleaban un mayor esfuerzo y perdían más dinero. La misma cualidad que ayudaba a estas personas a terminar tareas complicadas, les hace que sean más lentos en abandonar las que no tienen futuro.

Una malinterpretación similar ocurre cuando consideramos la adversidad. Uno de los hallazgos más citados en psicología es la curva en forma de U: las personas que han experimentado alguna adversidad suelen manifestar que sienten un mayor bienestar a largo plazo que aquellos que no la han sufrido o la han padecido en exceso. La resiliencia deja de ser algo positivo cuando hace que las personas sigan tolerado lo que debe ser arreglado. Por ejemplo es muy peligroso que en las organizaciones se piense que la adversidad sirve para fortalecer el carácter. Los datos no confirman esta idea.

A nivel fisiológico la evidencia científica muestra que en contextos de estrés crónico y escaso control, este estilo de afrontamiento está ligado a peores resultados cardiovasculares. Decir que la adversidad nos hace más fuertes puede ayudarnos a funcionar social y emocionalmente a corto plazo pero puede que evite que reconozcamos nuestras luchas.

Esta es la paradoja de la resiliencia: la resiliencia deja de ser positiva cuando mantiene a las personas tolerando aquello que se debe arreglar.

La resiliencia no es una virtud, es una estrategia y como toda estrategia tiene fallos. La autora  recomienda cinco formas basadas en la evidencia de practicar resiliencia sin que se vuelva en nuestra contra. Éstas son:

1.- Distinguir entre retos y trampas. Los retos son obstáculos temporales con un camino claro hacia delante. Las trampas son situaciones en las que un mayor esfuerzo obtiene resultados negativos o menores. Antes de seguir en una situación debemos preguntarnos si ésta va a mejorar si continuamos actuando como hasta el momento. Si la respuesta es negativa el ser resiliente en esa situación no es una fortaleza es inercia.

2.- Monitorizar el poder de veto de nuestro cuerpo. La fatiga crónica, la ansiedad persistente o las enfermedades recurrentes no son señales de que necesitamos más resiliencia, son signos de que necesitamos estrategias diferentes.

3.- Practicar un abandono estratégico. Entrenamos a las personas para que aguanten, pero no a que sepan cuando abandonar. Pero el cambiar de ruta cuando los costes sobrepasan a los beneficios es un componente clave de la agilidad emocional. En ocasiones la cosa más resiliente que podemos hacer es abandonar.

4.- Separar nuestra valía de nuestra resiliencia. Cuando la resiliencia se convierte en un rasgo de nuestra identidad, los problemas para  aguantar se pueden considerar un fallo personal.  Nuestro valor no se mide por lo mucho que podamos soportar y tendremos unos resultados más positivos a largo plazo si cuidamos nuestra salud.

5.- Buscar soluciones sistémicas. Si es posible debemos procurar no pagar un coste personal ante un problema colectivo. En ocasiones la respuesta más eficaz ante la adversidad consiste en trabajar para eliminar su origen en lugar de aprender a tolerarla mejor.

La resiliencia es una poderosa capacidad humana, pero como cualquier herramienta tiene su uso adecuado. Más allá de él puede volverse peligrosa. Es por eso por lo que las personas más resilientes no son aquellas que sufren en silencio, sino aquellas que se adaptan con rapidez y saben cuándo descansar, cuándo cambiar el rumbo y cuándo abandonar.

 

 

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