Jefferson Fisher en “The next conversation. Argue
less, talk more”, plantea en relación con la reacción que debemos mostrar ante
las palabras inapropiadas de personas complicadas, que hemos estado analizando en una entrada anterior, que tenemos que tener cuidado con las disculpas.
Hacer que alguien se
disculpe, si no desea hacerlo, por algo que haya hecho para dañarnos puede resultar
completamente contraproducente y lograr que el dolor sea aún mayor, como echar sal a
una herida. Cuando alguien retiene una disculpa, puede parecernos que está negando nuestros sentimientos y que ahonda la desavenencia, ya que la falta de una
disculpa sincera deja nuestro dolor sin reconocer y nos aleja de una posible
reconciliación. Al ser retrasado el proceso de curación del daño la confianza y
el respeto empiezan a caer.
No existe diferencia
entre rechazar ofrecer disculpas y disfrazar una excusa para que suene como una
disculpa. Si acaso esto último es peor porque la otra persona sabe exactamente lo que necesitamos pero elige
no ofrecérnoslo. Sabe que debe, sabe que puede, pero no lo va a hacer. La razón para no hacerlo procede del temor
a estar equivocados. Admitir una falta o culpa puede ser un golpe para nuestro
ego y hace que nos tengamos que enfrentar a nuestras propias limitaciones. Reconocer
un error y pedir disculpas resulta muy difícil para muchas personas.
Pero tenemos que
aceptar que si valoramos a la otra persona y esta persona está realmente
herida, no ofrecer una disculpa puede ser corrosivo. Podemos reconocer que no
estamos aún preparados para hacerlo en el momento y que necesitamos serenarnos
primero. Al hacerlo nos estamos comunicando, pero no ofrecer una disculpa
porque no creemos que alguien la merezca es jugar a ser juez y jurado.
Aunque no podemos hacer
nada para forzar a que alguien nos pida disculpas si podemos hacer saber a la
otra parte que no vamos a aceptar disculpas, si finalmente las piden, que sean
inútiles y malas.
Las disculpas
inapropiadas pueden presentarse de distintas formas, pero algunas son más
comunes que otras y es bueno saber detectarlas. Entre éstas tenemos:
1.-
La disculpa sin empatía
Un ejemplo puede ser: “Bueno,
lamento que te sientas así” y nuestra
respuesta debe ser: “No pidas disculpas por mis sentimientos, pide disculpas
por lo que hiciste”.
Este tipo de disculpa
trata de eludir toda responsabilidad. En lugar de abordar su mala conducta,
trasladan el foco a nuestra reacción. La respuesta sugerida más arriba redirige
la conversación hacia donde deben estar: las acciones de la otra persona. Estamos
mandando, con ella, el mensaje de que el hecho de que alguien lamente cómo nos
sentimos no es una disculpa por lo que han hecho. No se trata de que lamenten
cómo nos sentimos, sino de que lamenten el comportamiento que ha ocasionado
esos sentimientos.
2.-
La disculpa no-disculpa
“Lo siento si hice algo
mal” o “Siento si te he molestado”, son ejemplos de este tipo de disculpa. Nuestra
respuesta debe ser: “Necesito que modifiques el “si” a lo que me dices”
Al insertar un “si” a una disculpa la otra persona está haciendo
que la disculpa parezca condicional e incierta, como si lo que han dicho esté
todavía pendiente de debate. La respuesta propuesta les pide eliminar el
lenguaje condicional para que se responsabilicen más directamente de sus
acciones. De esta forma la disculpa pasa de ser hipotética a reconocer un daño
real. “Siento haberte molestado” es una disculpa más sincera.
3.-
La disculpa excusa
Un ejemplo puede ser: “
Lo siento, pero he estado muy estresado últimamente”. Nuestra respuesta debe
ser: “No necesito que te disculpes por tu estrés. Necesito que te disculpes por
tus palabras”.
Esta disculpa pretende trasladar
la responsabilidad de su comportamiento al entorno externo, como el trabajo, los
niños o el estrés. Pero tenemos que entender que esas cosas le han pasado a la
otra persona y no a nosotros y nosotros no tenemos que pagar el precio por
ellos.
Esta respuesta quita
poder a su excusa. Su estrés no nos dijo algo dañino. Su trabajo no nos hizo
sentir mal. Debemos redirigir la responsabilidad de vuelta hacia el que ha
actuado mal.
4.-
La disculpa tóxica
Como ejemplos podemos
mencionar: “Siento ser una persona tan horrible” o “Siento que tú seas tan perfecto”.
La respuesta adecuada puede ser: “estoy dispuesto a aceptar una disculpa”
Este tipo de disculpas
no son solo tóxicas, son manipuladoras y la otra persona confía en que “entres
al trapo” . Un ejemplo puede ser:
Nuestra madre: “Siento
ser tan mala madre”
Nosotros: “ No eres una
mala madre, solo tienes que entender que….”
Nuestra madre: “Si, soy
horrible. Eso es lo que piensas. Siempre tratas de….”
Y la conversación sigue
y sigue, alejándose del daño que nos han hecho. Este tipo de respuestas
intentan pintar a la otra persona como la víctima, en un intento de ganar
nuestra simpatía y de hacer que les
consolemos. La respuesta sugerida nos mantiene fuera de la trampa. Es neutral y
afirma lo que estamos dispuestos a aceptar y aquello en lo que no vamos a
entrar. Si lo intentan otra vez, debemos volver a repetir la respuesta.
5.-
La disculpa buscando una justificación
Suena como: “Solo
estaba bromeando” o “Solo estaba jugando
o tonteando”. La respuesta adecuada ante estos comentarios puede ser: “Entonces,
se más gracioso” o “Entonces encuentra un nuevo tema” o “yo no estaba bromeando”
Este tipo de disculpa
es un intento velado de minimizar el impacto de sus acciones y sugieren que lo
que han hecho o dicho no debe tomarse en serio. Mina la validez de nuestros sentimientos
e implica que el problema radica en nosotros, en nuestra falta de sentido de
humor, en nuestro exceso de sensibilidad o en una reacción exagerada por
nuestra parte. La respuesta sugerida contrarresta esta táctica y deja claro que
el humor nunca justifica hacer daño.
Otra situación que enturbia
nuestras conversaciones y que puede resultar tremendamente molesta e irritante
es la de las INTERRUPCIONES,
especialmente sin se producen en el curso de una conversación seria. Para
acabar con ellas Fisher propone:
Paso
1: Dejar que la otra persona nos interrumpa
Hacerlo sirve para dos
propósitos.
a).- Su interrupción nos muestra como la persona
más madura y razonable. Como la menos impulsiva y más reflexiva. Si les
cortamos demasiado pronto diciendo por ejemplo: “Excúsame, estaba hablando”,
puede hacernos parecer demasiado bruscos, y que podamos parecer implacables o
inseguros. Tenemos que recordar que las personas con seguridad en sí mismas
saben cómo seleccionar el tiempo en que deben actuar. La otra persona no nos ha
quitado nada, si acaso su interrupción les puede hacer quedar en mal lugar.
b).- Su interrupción
deja salir sus pensamientos impulsivos fuera. Es en esta etapa cuando lo que la
otra persona dice está movido primariamente por la emoción. Si tienen tantas
ganas de expresar sus ideas que tienen
que hacerlo exactamente en ese momento, interrumpiéndonos, no iban a escuchar
lo que nosotros queríamos decir.
Tan pronto como hayan
terminado de hablar volver exactamente al punto en el que nos habíamos quedado.
No debemos responder a sus comentarios. Esto va a mostrar a la otra persona que
no habíamos terminado de hablar, sin arriesgar nuestra credibilidad y que
estamos comprometidos a comunicarnos transmitiendo mensajes completos.
Paso
2: Utilizar su nombre
Llamarles por su nombre
para parar su interrupción. Los nombres captan la atención de las personas. Si
cortamos a la otra persona diciendo algo parecido a “oye” o “Solo escucha, por
favor” se volverán más cerrados y se pondrán a la defensiva. Pero si dices su nombre, aunque lo hagas con fuerza o dureza, tenderán a mantener una actitud
abierta.
Utilizar su nombre es, también,
una buena manera de parar a alguien que está dominando una conversación.
Debemos hacerlo con un tono de voz normal, pero si no nos hacen caso y siguen
hablando, podemos repetir su nombre incrementando el volumen de voz.
Paso
3: Corregir su comportamiento
Para ello tenemos afirmaciones más centradas en nosotros que en ellos ( evitar: “¡No me
interrumpas¡ o Me estás interrumpiendo”). Podemos usar una de estas tres respuestas de forma serena y sosegada.
a).- “No te puedo
escuchar cuando me interrumpes”.
b).- “Te escucharé
cuando haya terminado”.
c).- “Deseo escucharte,
pero primero tengo que terminar de expresar mis pensamientos”.
Estas respuestas
funcionan porque no solo son directas, sino que nos posicionan de una forma que
la otra persona tienen que exponerse si quiere oponerse a nosotros. Interrumpir
otra vez mostraría su mal comportamiento mucho más. Significaría que no están interesados
en ser oídos, que no están realmente interesados en la conversación, sino solo
en escucharse a sí mismos hablar y, la mayoría de las personas, no quieren ser
vistas de tan mala manera.
En la mayor parte de
las ocasiones si seguimos estos pasos no nos volverán a interrumpir. Al
permitirles interrumpirnos la primera vez, usando serenamente su nombre y
manteniendo nuestro terreno, hemos creado una dinámica de poder a nuestro
favor, mientras conservamos nuestra credibilidad.
Este método sirve,
también, para mantener la relación en un nivel de respeto. Utilizar nuestra voz
asertiva para cortar interrupciones mantiene el respeto a través de respuestas
reflexivas.





