Jefferson Fisher en “The next conversation, argue less, talk more”, que estamos comentando , presenta una función que nos ayuda a construir conexiones en nuestras
conversaciones. Tiene tres pasos:
1.- Decir las cosas
manteniendo el control
2.- Decir las cosas con
seguridad
3.- Decir las cosas
para conectar
Estos pasos siguen un
enfoque cognitivo dirigido a resolver problemas que se llama pensamiento
funcional y describe el proceso de identificar la función o propósito de una
conducta, emoción o pensamiento, en lugar de juzgar su apariencia. En lugar de poner
etiquetas y decir, por ejemplo, que alguien tiene depresión, el pensamiento
funcional examina la conducta bajo el modelo ABC: A o antecedente para ver qué
estímulo desencadena el comportamiento, B o conducta, analizando lo que la
persona hace, piensa o siente y C o consecuencia para ver el resultado que
obtiene la persona con esa acción.
1.-
MANTENER EL CONTROL
Debemos aprender a
gestionarnos a nosotros mismos: nuestras palabras, nuestras emociones y nuestro
cuerpo, ya que intervienen en nuestras conversaciones, para que las discusiones
acaloradas no exploten. Pero para ello tenemos que entender primero una serie
de hechos sobre comunicación y sobre cómo funciona nuestro cuerpo:
Al comunicarnos cada
argumento o discusión tiene dos fases:
a).-
Ignición
Ocurre cuando algo en
la interacción comienza a ir mal, como por ejemplo, nos molesta algún comentario, no apreciamos
el tono de la otra persona o cómo pensamos que nos mira. Con el
tiempo y unas cuantas fricciones la situación se acalora y antes de que seamos
conscientes estamos “ardiendo”.
esta sensación surge cuando nos
sentimos amenazados, nos ponemos a la defensiva o creemos que estamos sufriendo
ataques personales. Cuando alcanzamos esta fase en una conversación existe la
tendencia de quizás olvidar quiénes somos y decimos cosas que normalmente no diríamos.
Tenemos dificultades para localizar nuestros pensamientos o decidir qué
queremos decir como si nuestra mente estuviese nublada. Por eso dejamos escapar
palabras sin ningún control, preocupándonos poco por su significado o por cómo
pueden sonar y lo que pueden ocasionar.
En esta fase:
·
La amígdala (la parte del cerebro que
procesa las emociones) avisa al sistema nervioso que una amenaza está cerca
·
El cuerpo libera epinefrina o adrenalina
para activar el modo lucha-huida
·
La respiración y el ritmo cardiaco se
aceleran y los hombros, cuello y mandíbula se tensan
·
Las funciones de la corteza prefrontal (
pensamiento racional, toma de decisiones y regulación emocional) se van
suprimiendo
·
Las emociones van tomando el control sin
ninguna precaución o cautela.
Si esto ocurre a ambas
partes el enfrentamiento entre ellas se mantiene. Sus cuerpos quieren eliminar
la amenaza que la otra persona representa, ambas partes no son conscientes de
lo que están diciendo porque no se están comunicando ya que sus cuerpos y
mentes están reaccionando intentando que la amenaza que perciben se vaya. Con
frecuencia esta fase de ignición continúa hasta que se extingue por el
agotamiento de las partes con una pausa extensa en la que se empieza a ver el
daño hecho.
Ocurre cuando el “calor”
se empieza a disipar y dejamos la conversación o “apagamos” el fuego buscando
un entendimiento mutuo o nos encontramos con que ya no queda nada que quemar.
Independientemente de la
ruta que elijamos la temperatura deja de elevarse y empieza a descender. El ambiente
se aclara y la frustración se aleja. Recuperamos la consciencia de la
importancia de la relación. Notamos que nos estamos enfriando cuando las voces
bajan el tono y éste es más suave. Las palabras se eligen de forma más
selectiva y empezamos a pedir disculpas y a decir que lo sentimos, tratando de
aclarar lo dicho, con frecuencia lamentando la forma en la que hemos actuado.
En esta fase:
·
Nos encontramos agotados tanto física
como mentalmente
·
Nos vamos serenando y nuestra
respiración y ritmo cardiaco van descendiendo
· Nuestra corteza prefrontal empieza a
tomar el control e inyecta nuestra mente de análisis objetivos
·
La reflexión comienza a dar paso al
arrepentimiento.
Por tanto, debemos
conocer cómo nuestro cuerpo controla nuestras respuestas durante un conflicto:
Cuando una conversación se va acalorando nuestro cuerpo responde primero a
través del sistema nervioso autónomo, que incluye nuestro cerebro, la médula
espinal y todas las conexiones entre ellos y el resto del cuerpo. Éste nos da
la capacidad de percibir, sentir, actuar y pensar. Opera debajo de la
superficie de nuestra consciencia, donde las acciones involuntarias son
controladas.
Los términos más
técnicos para la fase de ignición y enfriamiento derivan de las dos formas en
que funciona nuestro sistema nervioso autónomo. Siempre respondemos ante las situaciones de una de estas dos formas:
a).-
Lucha o huida
Esta respuesta está
controlada por el sistema nervioso simpático.
·
La respuesta de lucha busca el ataque,
golpear, decir algo dañino o mantenerse firmes.
·
La respuesta de huida busca escapar,
dejar la sala, colgar el teléfono o ignorar un mensaje
b).-
Descanso y digestión
Esta respuesta está
controlada por el sistema nerviosos parasimpático.
· La respuesta de descanso busca la
recuperación, el dar un paso atrás, hacer una pausa y darse un respiro.
·
La respuesta de digerir busca recargar
para almacenar energía y equilibrar el estado de ánimo.
Como podemos adivinar
lucha o huida corresponde a nuestra fase de ignición. Normalmente en lo
relativo a actividades personales o a cosas que hacemos mientras estamos solos,
como escribir un e-mail o comer solos no notamos estos procesos en acción. Pero
si añadimos a una persona a la situación, donde la comunicación es necesaria,
las señales externas son mucho más reconocibles, especialmente en momentos de
conflicto.
Esto implica que la
sola presencia de opiniones en conflicto o de argumentos pueden activar el modo
lucha – huida. Para protegernos el cuerpo prepara cientos de cambios no
visibles en segundos que resultan en una respuesta biológica dirigida a
comportamientos movidos por las emociones, en lugar de por la lógica. Y, a
través de la supresión de nuestro pensamiento coherente nuestras emociones se
manifiestan de formas familiares como un comentario a la defensiva o dañino o
sarcástico, un grito de enfado, una puerta cerrada violentamente, un suspiro
grande o lágrimas de frustración, por ejemplo.
Cuando nos ponemos
nerviosos antes de una llamada importante, escuchamos malas noticias o hasta
recibimos una inesperada alabanza, nuestra mente está realizando micro ajustes
hacia arriba y hacia abajo. Estas fluctuaciones de nuestro estado emocional son
respuestas directas de nuestro sistema nervioso, que está continuamente
reaccionando ante las amenazas percibidas o reales que nos rodean. La aceleración
del ritmo cardiaco, las manos temblorosas, las mejillas enrojecidas, son
ejemplos de manifestaciones de la forma en que nuestro cuerpo procesa la
información y determina cómo puede realizar mejor los ajustes necesarios en
milisegundos.
Con estos conocimientos
podemos observar las conversaciones con un enfoque diferente y, en lugar de
culpar inmediatamente a la otra persona , podemos interpretar nuestra respuesta
interior como una reacción natural que requiere una curiosidad mayor y
profundizar en ella.
La fricción deja sitio
para la mejora porque lo que la desencadena nos ofrece oportunidades de
aprendizaje.
Existen dos detonantes
principales:
1.- Físicos
2.- Psicológicos
Aparecen como
consecuencia de amenazas reales o imaginarias y nuestro cuerpo reacciona
activando la fase de ignición. Entender y conocer cuáles son nos informa de en
qué áreas debemos trabajar y cuáles evitar (como veremos en la siguiente
entrega).
Cuando los conozcamos
podremos observar mejor cuáles son los de la otra parte y podremos
neutralizarlos “Apagando sus fuegos”.





