domingo, 30 de octubre de 2022

LA CIENCIA DE LA MOTIVACIÓN: ELEGIR UNA META II

 


Ayelet Fishbach en “Get it done. Surprising lessons from the science of motivation”  plantea, que  existen cuatro ingredientes o pasos fundamentales para que  un cambio de comportamiento tenga éxito, siendo el primero: ELEGIR UNA META.

En este sentido,  como hemos visto en una entrada anterior, hay que tener en cuenta una serie de factores a la hora de describir dicha meta. Entre ellos el ya mencionado de considerar que las metas no son tareas. Otros son:

II.-  Asignar una cifra

Como regla general las metas, como las recetas, funcionan mejor si establecemos un listado de cantidades exactas. Por ejemplo: caminar 10.000 pasos al día es mejor que caminar mucho y mientras nuestra meta pueda ser empezar a correr, una mejor puede ser ponernos un objetivo como correr la maratón de Chicago en menos de 5 horas.

Los objetivos numéricos suelen presentarse de dos formas:

a).- Cuánto (ahorrar 10000 euros).

b).- Cuánto tiempo ( en un año).

Los objetivos numéricos funcionan porque nos facilitan monitorizar nuestro progreso y nos pueden informar de la necesidad de abandonar o de ir más despacio. Nos motivan porque una vez los hemos fijado queremos alcanzar los números exactos. Si, por ejemplo, nuestro objetivo es ahorrar 10.000 euros, nos sentiremos defraudados si solo logramos ahorrar 9.900 euros, mientras ahorrar 10.100 euros no nos hará mucho más felices que ahorrar 10.000 euros. Cien euros importan mucho si no hemos alcanzado nuestro objetivo, pero nos importan mucho menos si ya lo hemos hecho. En general una vez hemos establecido un objetivo consideramos que cualquier cifra por debajo es un fracaso que queremos evitar y cualquier cifra por encima es una ganancia que es agradable tener pero que no la necesitamos para nuestra paz de espíritu.

Este es el principio que Daniel Kahneman y Amos Tversky llaman “aversión a la pérdida”. Como humanos nos sentimos muy defraudados  y hasta enfadados si sentimos que no hemos llegado a algo que nos hemos propuesto pero nos importa menos cuando hemos ganado algo más de lo esperado. Por este principio trabajaremos más duro para alcanzar nuestro objetivo que para superarlo.

Los objetivos numéricos también nos motivan ayudándonos a evaluar nuestro progreso, al  permitir determinar lo lejos que estamos de completarlo para poder movilizar nuestros esfuerzos para eliminar la distancia que pueda existir.

Los hallazgos de la ciencia de la motivación nos dicen que un buen objetivo debe ser:

a).- Retador. El primer ingrediente al fijar un objetivo eficaz es que sea en cierto modo optimista, a lo que tendemos naturalmente. Existen dos razones por las que solemos ser optimistas pensando que vamos a lograr las cosas antes de lo que es posible realmente. Una de ellas es que somos planificadores imperfectos. La “falacia de la planificación” es la tendencia a subestimar el tiempo y recursos que necesitamos para hacer algo. Esta falacia, curiosamente, persiste aunque las personas recuerden que han cometido errores similares en el pasado.

La segunda razón para el optimismo tiene relación con motivos estratégicos: podemos establecer objetivos optimistas para impresionar a alguien, para conseguir un contrato o para motivarnos a nosotros mismos, por medio de una especie de reto.

Los objetivos retadores nos motivan porque cuando nos enfrentamos a una tarea complicada reclutamos recursos o nos llenamos de energía para hacer frente al desafío que se nos va a presentar. Las expectativas de que la tarea a la que nos enfrentamos va a ser difícil, aunque no imposible, hacen que dediquemos más energía física y mental para acometerla. Las tareas sencillas no requieren esta preparación previa y las imposibles no nos afectan, sabemos que no podemos hacer nada.

Pero cuando las personas se preparan para enfrentarse a un reto mediano su sistema motivacional se activa  por lo que es una buena razón para ser optimista a la hora de fijar objetivos.

b).- Medible. El segundo ingrediente necesario para establecer objetivos es asegurar que éstos son fácilmente medibles. Si son vagos o les falta un número claro, es más difícil de medir y por tanto menos motivador.

Pero para ser motivador un objetivo no puede ser cualquier cifra. Por ejemplo si queremos fijar un objetivo diario de lectura podemos tener varias alternativas como leer 20 páginas al día, o 6.000 palabras o 30.0000 caracteres. Estos objetivos son similares , pero mientras el número de páginas es fácil de medir los otros dos son más complicados.

c).- Factible. El tercer ingrediente es que sea posible. Hasta los objetivos específicos y medibles son ineficaces si no se pueden convertir fácilmente en acciones.

d).- Establecido por quién lo va a cumplir. El último ingrediente para fijar objetivos eficaces es que estén definidos por la persona que los tiene que cumplir. La mayor parte de las ocasiones cuando tratamos de motivarnos fijamos nosotros nuestros propios objetivos, pero a veces transferimos esta tarea, por ejemplo, a nuestro jefe, profesor, médico, etc,  ya aunque contar con el consejo del experto resulta beneficioso el riesgo es que al dejar que otros nos marquen nuestros objetivos nos sintamos menso comprometidos con ellos.   

Otro peligro es que si dejamos que otros fijen nuestros objetivos tengamos la tentación de rebelarnos contra ellos. En estos caso estaremos experimentando lo que Jack Brehm llama “reactancia psicológica” por la que un requerimiento o una orden se vive como una amenaza a nuestra libertad. En ese momento sentimos que no tenemos elección. En los caso de metas de evitación aparece con frecuencia ya que cuando se nos pide que no hagamos algo ( por ejemplo fumar porque puede matarnos), se convierte exactamente en lo que queremos hacer. El resultado de esta reactancia es que podemos actuar contra nuestros mejores intereses  porque alguien está demandando que hagamos lo que es mejor para nosotros. La meta es rechazada solo porque no partió de nosotros.

Este fenómeno de la reactancia nos recuerda los días de nuestra adolescencia cuando odiábamos hacer cualquier cosa que nos pidiese un adulto. Seleccionar nuestras metas y marcar nuestros objetivos implica que nos estamos volviendo a situaciones en las que otros decidían por nosotros.

Si consultamos a un experto debemos pedir que nos proporcionen una serie de opciones para que podamos elegir. De esta forma sentiremos a los objetivos como propios y procuraremos cumplirlos.

Otros factores  a considerar son que el objetivo sea

e).- Ético. Este es un aspecto importante que no hay que olvidar al fijar un objetivo, ya que si no lo es y es malicioso las personas terminarán tomando el camino equivocado para cumplirlo y realizarán acciones poco éticas, asumirán riesgos injustificados o incurrirán en cortocircuitos no deseados. Por ejemplo, si creemos que la única forma de conseguir nuestro trabajo soñado es maquillando nuestro curriculum, será difícil que seamos  honestos en las entrevistas de trabajo. Un enfoque más correcto sería esperar a conseguir ese trabajo hasta que contemos con las habilidades necesarias para realizar bien ese trabajo.

f).- Amplio. Si el objetivo es muy estrecho nos puede hacer olvidar aspectos importantes de la meta a alcanzar. Por ejemplo si reducimos nuestra meta de realizar ejercicio regularmente a caminar 10.000 pasos al día podemos estar dejando fuera la movilización de importantes grupos musculares de nuestra rutina de puesta a punto.

g).- A largo plazo. Los objetivos con horizontes a corto plazo pueden llevarnos a que descuidemos nuestros intereses a largo plazo.

h).- Realista. El riesgo en el caso de que no lo sea es que ante la imposibilidad de cumplir el objetivo abandonemos los intentos de alcanzar la meta. Esto ocurre con frecuencia en los casos de búsqueda de pérdida de peso cuando el objetivo es un consumo determinado de calorías diarias y si, por ejemplo, un día nos pasamos y consumimos más nos sentimos desanimados y abandonamos la dieta.

Similarmente podemos caer en el “síndrome de las falsas esperanzas” por el que por un exceso de confianza en nosotros o un optimismo extremo tenemos expectativas irreales de éxito y, al pensar que podemos cumplir un objetivo imposible, nos exponemos al fracaso y posteriormente, al abandono de la meta. Fantasear sobre ser rico o famoso no va a hacer que los consigamos. Hacer planes sobre cómo lograrlo si ayuda.

Por tanto, una vez fijemos objetivos que nos faciliten alcanzar nuestra meta no debemos sentirnos desanimados si no los cumplimos. Ser conscientes de que fijar las metas es algo relativamente arbitrario es con frecuencia la clave para mantener una relación sana con nuestras metas.

Teniendo en cuenta todo lo comentado Fishbach recomienda que fijemos objetivos respondiendo a las siguientes preguntas:

1.- ¿Puedes asignar una cifra que represente cuándo o cuánto a tus metas?

2.- ¿Son estos objetivos numéricos retadores? ¿Fáciles de medir? ¿Factibles?

3.- ¿Has fijado tu estos objetivos o alguien lo ha hecho por ti?

4.- ¿Funcionan estos objetivos en tu caso?

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