Jonathan B. Smith y Derek Gaubt en “Fight less. Win More. . How master
negotiators influence hearts, minds and deal”, plantean, como ya
hemos visto en una entrada anterior, que la empatía táctica es el arte y la
ciencia de influir en los demás porque se sienten escuchados.
Al hablar de influir se
refieren a que en lugar de pedir a la otra persona que cambie su perspectiva,
nosotros nos ofrecemos a ver las cosas desde su punto de vista. Es como si nos
pusiésemos al lado de la otra persona y le dijésemos: “Así es como se ve que estás
viendo esto desde aquí y por eso piensas y sientes de la forma en que lo haces”.
El otro contestará normalmente que está de acuerdo y que se siente entendido.
Cuando esto ocurre ya no se va a sentir amenazado por nosotros no se tiene que resistir ante nosotros. Este
es el momento en el que le podemos invitar a que considere, a su vez, nuestra
perspectiva.
Si intentamos dar cientos de
razones para que otra persona vea las cosas como nosotros, no van a hacer otra
cosa que resistirse, pero una vez que consigamos que se sientan escuchados las
cosas cambian. Esto ocurre porque los seres humanos no somos personas lógicas y
tomamos decisiones basándonos primariamente en nuestras emociones y, luego, las
justificamos retrospectivamente utilizando datos, la lógica y la razón.
Un ejemplo lo tenemos en el
“Juego del Ultimatum”. Consiste en un experimento en el que se le ofrecían 10 dólares a un participante y
se le decía que se acababa de encontrar ese dinero pero que para poder quedárselo
lo tenía que repartir con otro participante. Si éste rechazaba lo que se le
ofrecía ninguno de los dos participantes recibiría dinero. Parece lógico
pensar que la decisión sería ofrecer un dólar al otro participante y así el que
recibía los 10 dólares se quedaría con 9 y el otro que en un principio no
tendría nada recibiría un dólar y se sentiría feliz de tener algo. Si se
ofrecía más de un dólar se consideraba una decisión emocional, así como si el
segundo participante rechazaba cualquier oferta que se le hiciese. Lo que
ocurre, comprobado en muchos estudios, es que las personas ofrecían más de un
dólar, llegando hasta 5, mientras que los que recibían la oferta rechazaban las
ofertas de menos de tres dólares. Esto último ocurre porque se sentían
ofendidos, aunque sabían que recibir 1 o 2 dólares era mejor que nada. La
venganza es una motivación fuerte. Las personas están dispuestas a rechazar
acuerdos si piensan que están siendo tratadas injustamente, aunque vaya en
contra de sus propios intereses.
Las personas que tienen más
problemas en el curso de una negociación son aquellas que intentan ignorar sus
emociones o tratan de actuar a pesar de ellas. Con la empatía táctica en lugar
de considerar las emociones como algo
que suprimir o resistir, podemos utilizarlas para nuestro beneficio y en lugar
de “luchar contra las olas “, podemos surfearlas. Una vez que comprendemos las
dinámicas emocionales las personas se vuelven muy predecibles.
La mayor parte de las personas
asumen que cuando no consiguen convencer a alguien es porque no han sido
suficientemente persuasivas, porque no se han explicado bien o no han logrado
convencer al otro. Pero ese no es el problema. Cuando alguien discute con
nosotros o nos ignora suele ser porque no hemos sido capaces de evitar que nos
consideren como una amenaza, decir que no es una actitud defensiva. La
cuestión, es, por tanto, no buscar las razones por las que hemos fallado a la
hora de convencerles, sino cuál es la causa por la que sienten que tienen que
defenderse y qué podemos hacer para neutralizar esa percepción de amenaza.
Para ello debemos mostrar que
entendemos a la otra parte. Esto no es fácil. No consiste en decir que les
entendemos, ya que la respuesta puede ser, por ejemplo: “Dices que me
entiendes, pero¿ por qué tengo que creerte?
¿Cómo te atreves a pensar que sabes todo lo que estoy pasando’
Tampoco debemos decir “te
entiendo” y a continuación añadir un “pero”, ya que si lo hacemos todo lo que
hayamos dicho antes se habrá borrado y nuestro interlocutor sabrá que no
entendemos realmente y que solo lo hemos dicho para poder hablar nosotros. Por
tanto, para lograr que alguien se sienta comprendido verdaderamente debemos
comenzar por mostrar curiosidad.
Cuando hablamos con alguien
existe mucho margen para la curiosidad ya que las personas intencionadamente o
no ocultamos información en una conversación y elegimos qué revelar,
dependiendo del contexto. Como resultado cada conversación tiene dos dinámicas:
la que mostramos y la latente. La que presentamos es lo que la otra persona
dice, las palabras que salen de su boca. Es la punta del iceberg, especialmente
en situaciones emocionales o en las que esté mucho en juego. Pero, queda una
gran montaña debajo de la superficie
Esta montaña es la dinámica
latente: todo lo que no se está diciendo, como cuál es su situación, qué es lo
que desean, qué es lo que temen qué es lo que piensan o sienten o quiénes son realmente.
Todos tenemos una intuición
poderosa que nos da pistas sobre estas cosas. Somos capaces de interpretar el
lenguaje corporal y el tono de voz y de integrar pequeñas piezas de información
sobre el otro en un cuadro más amplio para
poder intuir qué es lo que está sucediendo bajo la superficie.
Reconocer esas cosas es la
parte sencilla, la más dura es articularlas. Tememos que si le decimos algo
nos podemos equivocar y ofenderle, con lo que nos dirá que no, nos retirará su apoyo o su cariño o hará lo que nos asusta que haga en ese momento.
Por esto es importante que mostremos que le estamos comprendiendo. Cuando siente que estamos reflejando
sus perspectivas, no solo lo que ha expresado literalmente, sino los
pensamientos y sentimientos que están detrás de lo que ha dicho, es cuando se
siente entendido. Su mente deja de liberar hormonas que favorecen el estrés y
empieza a ser consciente de que realmente estamos hablando con él.
El camino para conseguir esto comienza
con nuestro estado de ánimo. ¿Vamos a centrarnos en nuestros propios
pensamientos, sentimientos, deseos o miedos? o ¿Vamos a mostrar curiosidad por
lo que pueden tener dentro de su cabeza? Si elegimos lo primero vamos a permanecer
atascados en nuestra visión de las cosas.
Una de las principales
objeciones para utilizar la empatía táctica es que es demasiado lenta. Lleva
tiempo escuchar a alguien y hacer que se sienta comprendido, Pero al invertir
tiempo en hacer que nuestro interlocutor se sienta entendido ahorramos tiempo y
estrés al final. Para conseguir lo que queremos a largo plazo tenemos que dejar
nuestras necesidades a un lado a corto plazo. Si insistimos en el corto plazo
podremos llegar a nuestro objetivo más rápidamente pero nos llevará mucho más
tiempo alcanzar nuestro resultado final ansiado, porque seremos siendo considerados
como una amenaza por la otra persona, por lo que seguirán resistiéndose siempre
que puedan.
Otra ventaja de
utilizar la empatía táctica es que estamos cultivando la buena disposición de
la otra parte, lo que facilitará cualquier futura interacción. Más aún, en los
casos en que los otros son conscientes
de que tenemos el poder pero hemos elegido no utilizarlo, saben que les estamos
mostrando respeto y así estamos generando confianza.
Para practicar la
empatía táctica debemos hablar cara a cara. Requiere tres cosas:
1.- Mindfulness para
responder reflexivamente, en lugar de instintivamente.
2.- Práctica
consistente
3.- Reflexión para
solidificar las lecciones aprendidas durante la práctica.
1.-
MINDFULNESS
Entendida como la
capacidad de ser conscientes de lo que está pasando en nuestra mente y de hacer
una elección deliberada sobre la manera de responder. La mayor parte del tiempo
solo reaccionamos ante nuestros pensamientos y sentimientos sin examinarlos.
Consiste en crear un espacio entre nuestras emociones y nuestra respuesta. Sin
una pausa somos esclavos de nuestras emociones.
En el Black Swan Group,
los autores y sus colaboradores han desarrollado una práctica especial para
ayudarnos a dominar nuestras emociones reactivas y para enfocar las
conversaciones conflictivas reflexivamente. La llaman CAVIAAR y tiene los
siguientes pasos:
a).- Curiosidad. Es el
corazón de la empatía táctica. Por ejemplo es imposible estar enfadados y
mostrarnos realmente curiosos. Al serlo estamos calmando automáticamente
nuestras emociones.
b).- Aceptación. En cualquier
negociación existen muchas posibilidades de ser atacado en alguna ocasión.
Suele tener más que ver aquello con lo que la otra persona se está enfrentando
que con algo que hayamos dicho o hecho nosotros. Debemos aceptar que puede
pasar y cuando ocurra dejar que pase.
c).- Descargar nuestro
pensamientos. Antes de comenzar una conversación sensible aclarar nuestras
ideas dejando que fluyan todos nuestros pensamientos y sentimientos en voz
alta. Podemos hacerlo con alguien de confianza o ante el espejo, por ejemplo,
para que escuchen sin juzgarnos.
d).- Identificar. Una
vez que hemos aclarado nuestra mente podemos prestar atención a nuestro
interlocutor, para tratar de identificar cuál es su tipo de personalidad
negociadora y cómo está enfocando la conversación. Cuanto mejor entendamos sus
propósitos y perspectiva, más fácil va a ser que nos mantengamos serenos.
e).- Plantear una “auditoria
de acusación”. Para ello debemos preguntarnos a nosotros mismos qué
pensamientos y emociones negativas puede tener nuestro interlocutor, sobre la
situación a debate y, especialmente, sobre nosotros.. Debemos comenzar la conversación
diciendo estas cosas en voz alta ya que es la forma perfecta de difuminar sus
emociones negativas antes de que exploten sobre nosotros.
f).- Recordar que la otra
persona no es nuestro enemigo. Al final, aunque sus metas sean totalmente
distintas de las nuestras, el fin último es colaborar y llegar a un acuerdo.
Cada vez que sintamos que nuestras emociones se disparan debemos recordarnos
que nosotros y nuestro interlocutor estamos en esa situación juntos.
2.-
PRÁCTICA
Investigaciones
muestran que necesitamos alrededor de 66 días para desarrollar un nuevo hábito.
No para convertirnos en un experto, sino para crear un camino neuronal sólido
para que el nuevo comportamiento sustituya al antiguo. Y, nuestro trabajo no
termina aquí, si no continuamos
repitiendo el nuevo comportamiento ese nuevo camino neuronal se irá apagando y
desaparecerá. Por tanto, si no se practica la empatía táctica desaparece.
Afortunadamente las
oportunidades para practicarla están en todas partes, en todo contacto humano.
3.-
REFLEXIÓN
Es el paso clave que
con frecuencia se ignora, pero que es esencial para acelerar nuestro proceso de
aprendizaje. Consiste en dedicar tiempo para mirar hacia atrás para analizar lo
que ha pasado en nuestras conversaciones recientes. Pensar, por ejemplo en si
hemos escuchado bien, qué herramientas hemos usado de la empatía táctica, cómo
ha respondido la otra persona o si pudiésemos volver a atrás qué haríamos
distinto en esas conversaciones.
Como conclusión los
autores quieren recordar que la empatía táctica no es la varita mágica. Aunque
la dominemos, en ocasiones, no conseguiremos lo que queremos y utilizar sus
habilidades seguirá requiriendo un esfuerzo centrado.

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