Alison Wood Brooks en “Talk. The
science of conversation and the art of being ourselves”, plantea que en cada
conversación hacemos miles de fugaces micro-decisiones sobre qué decir, cómo
decirlo y cuándo hacerlo y que, en algunos casos, las decisiones son acertadas y
en otros no. Hasta las elecciones bien intencionadas, perfectamente razonables
pueden ocasionar problemas, desde minúsculas fisuras hasta rupturas agresivas
en nuestras relaciones. Algunas veces sentimos que algo que hemos dicho ha
afectado negativamente a una conversación o relación, pero otras no sabemos que
algo ha ido mal o las causas que lo han propiciado. En ocasiones los problemas se
resuelven fugazmente, sin consecuencias, pero en otras nuestros pasos en falso
pueden tener importantes resultados desde desazón, confusión e incomodidad
hasta hostilidad, depresión y sufrimiento.
Mantener una
conversación es una de las más complejas e inciertas tareas a las que nos
enfrentamos los humanos, una de las más demandante cognitivamente. Existen dos
razones principales para esto, que se pueden agrupar dentro de los siguientes
encabezamientos:
I.-
CONTEXTO
Cualquier factor de
nuestro entorno: quién está presente, lo que estamos hablando, el lugar y el
momento, las razones y el cómo, pueden cambiar rápidamente. Hasta pequeños
cambios, como el que alguien mueva una silla o ponga música, son importantes y
nos reclaman que efectuemos ajustes.
II.-
PROPÓSITO
Uno de los aspectos más
delicado de los eternos cambiantes contextos conversacionales es que todos
tenemos prioridades distintas y con frecuencia éstas entran en competencia unas
con otras. Nuestros propósitos o razones por las que participamos en cualquier
conversación son muy complejos y dinámicos. Puede ser que queramos ofrecer a un
amigo un espacio en el que llorar o esperemos aprender algo o divertirnos, por
ejemplo. En ocasiones tenemos muchas metas que pueden entrar en conflicto dentro
de la misma conversación y, en otras, tenemos metas de las que no somos
conscientes. Asimismo, hasta en las conversaciones aparentemente más sencillas
nuestros interlocutores tienen sus propias metas, que debemos averiguar y
procurar conciliar con las nuestras.
En esencia una
conversación es un acto de co-creación que persigue abordar todo tipo de
necesidades y deseos, un torrente de micro-decisiones delicadamente coordinada
entre múltiples mentes humanas, mientras el contexto cambia en cada momento. Las
mantenemos con frecuencia por lo que en teoría deberíamos ser expertos
conversadores, pero la realidad es que somos amateurs.
Pero, las
investigaciones científicas que se están realizando sobre el tema nos muestran
que podemos aprender a conversar mejor y que si lo hacemos obtendremos una gran
diferencia en la calidad de nuestras relaciones personales y de amistad
cercanas y en las profesionales.
Ser un buen conversador
implica algo más que saber utilizar palabras específicas o frases mágicas.
Comunicar eficazmente no significa usar las palabras adecuadas todo el tiempo,
o aplicar una serie finita de técnicas de comunicación o evitar fisuras o
pretender que éstas no existen. Conversar bien significa esperar problemas,
detectarlos y trabajar para resolverlos lo mejor que podamos, procurando que
sea algo divertido. Solo entonces seremos capaces de coordinar nuestras micro-decisiones
un poco mejor, en una búsqueda incesante para entender y disfrutar unos con
otros, a través de todos los contextos de nuestros mundos sociales.
Una de las cosas que
echa para atrás a las personas a la hora de perfeccionar sus habilidades para
conversar es la carencia de oportunidades de feedback, mientras conversamos,
añadido a la visión distorsionada que solemos tener de nosotros mismos cuando
pensamos sobre las conversaciones que hemos tenido: la mayor parte de las
personas pensamos que nuestras conversaciones han sido peores de lo que en
realidad han sido, ya que nos centramos en detectar lo que tenemos que corregir.
Asimismo pocos interlocutores son capaces de ofrecer feedback de alta calidad y constructivo en tiempo real, como, por ejemplo: “ Parecía que estabas muy enfadado y creo que hizo que los demás se sintiesen incómodos” o “ese cambio abrupto de tema ha sido dañino”. También, raramente, dan feedback positivo, como por ejemplo: “ Tu sonrisa es contagiosa” o “Esa broma sobre el lémur ha roto verdaderamente el hielo”. Tampoco suelen dar feedback sobre todas las cosas que deberíamos haber dicho pero no las hemos dicho. Por tanto, resulta complicado mejorar una conversación cuando no sabemos lo que estamos haciendo bien o mal o cuándo o dónde.
Las conversaciones que
consideramos complicadas como una negociación no son las únicas que nos hacen
tropezar. Las personas nos tenemos que esforzar también con las conversaciones
aparentemente sencillas, ya que éstas se pueden complicar en cualquier momento
si surgen temas desafortunados, inesperados o incómodos.
La autora comenta que
ha llegado a ser consciente, tras sus estudios y experiencia tras mantener miles de conversaciones, de
que mientras las habilidades técnicas y estratégicas pueden ayudar a las
personas a salir adelante de muchas formas, tener éxito como persona está ligado
principalmente a las relaciones y, éstas se fundamentan en hablar unos con
otros. Los buenos líderes son aquellos que entienden, conectan con, aprenden de
e inspiran a otras personas.
El problema es que las
habilidades interpersonales son muy difíciles de enseñar y aunque existan
muchos cursos sobre negociación, comunicación, poder e influencia, en los que
se habla de comunicación, no se centran en cómo comunicar verdaderamente.
Enseñan cómo intercambiar y equilibrar la información pero no en cómo
intercambiar información al tiempo que procuramos desarrollar relaciones
robustas, gratificantes y provechosas.
Por tanto, mucho de lo
que estamos intentando conseguir en cualquier conversación está condicionado
por el tono y significado de las relaciones subyacentes, aunque éstas se acaben
de establecer.
En la práctica las
personas van a mostrarse menos proclives a intercambiar información exacta y
van a tender a evitar hacerlo cuando no les gustan o no respetan a sus interlocutores o no se sienten cómodas
o valoradas. Tenemos dificultades para interactuar de cualquier forma cuando
estamos demasiado enfadados, ansiosos o aburridos, por lo que buscamos la
salida más rápida en lugar de comprometernos para informar y aprender.
En un estudio, realizado
por el experto en organizaciones Sean Martin, los participantes a los que se les
había pedido que hablasen sobre temas ajenos al trabajo al comienzo de una
reunión de trabajo:
a).- Tenían más
oportunidades de obtener información útil sobre el trabajo durante el resto de
la reunión.
b).- Utilizaban un
lenguaje más constructivo en sus
conversaciones.
c).- Se mantenían en
contacto semanas y meses más tarde.
Las investigaciones de
la autora, por su parte han puesto de manifiesto que las personas suelen
abandonar las negociaciones si sus interlocutores intentan que se sientan
ansiosas o inseguras.
La forma en la que las
personas hablamos unas con otras cambia la forma como nos sentimos hacia esas
personas, lo que a su vez cambia la forma en que nos vamos a ir comunicando con
ellas.
Toda conversación se
puede considerar como un juego de
coordinación. Este juego es muy complicado, con trampas y retos escondidos
entre un laberinto de decisiones. Pero pensar en la conversación como un juego
nos ayuda a ver como cada una se co-construye por múltiples jugadores y cómo
conversar, también, puede ser divertido. Los desafíos de una gran conversación
no están solo en cómo la podemos mejorar, sino en cómo podemos ayudar a
nuestros interlocutores a ser mejores también. No es un juego en el que ganemos
o perdemos. Es un juego para que todos juguemos juntos.
La autora ha
desarrollado un marco que divide cualquier conversación en cuatro avisos o
recordatorios (T.A.L.K.) clave para guiar completamente
nuestro enfoque para intentar conseguir que nuestra conversación sea más
enriquecedora, vibrante y eficaz. Éstos son los siguientes:
I.-
TEMAS O CONTENIDOS
Los buenos
conversadores escogen buenos e interesantes temas y logran hacer que cada tema
sea aún más interesante
II.-
PREGUNTAS
Hacer preguntas nos
ayuda a ir de un tema a otro y a profundizar en ellos.
III.-
LIGEREZA
El objetivo es impedir
que las conversaciones se vuelvan obsoletas y se estanquen
IV.-
AMABILIDAD
Los grandes
conversadores se preocupan por los demás y lo demuestran.
Los temas y las
preguntas se centran en la estructura de la conversación y en cómo podemos
hacer elecciones que nos lleven en la buena dirección para conseguir nuestros
objetivos. La ligereza nos ayudará a evitar el aburrimiento con momentos de
diversión, para mantener el interés, porque una buena conversación requiere atención y compromiso mutuo. La amabilidad,
por su parte, explora el poder del respeto y de la buena escucha para sacar lo
mejor de cada uno y para asegurarnos de que nos solo nos sintamos escuchados,
sino que realmente lo seamos.
En la práctica las
cuatro se refuerzan unas a otras. Por ejemplo hacer preguntas nos puede
facilitar el cambiar de tema sin problemas o mantenernos en un tema nos va a ayudar
a plantear una pregunta complicada más tarde, que estamos deseando hacer. A
través de la ligereza podemos preguntar con más profundidad o hacer preguntas
más arriesgadas. Escoger temas teniendo
en mente los intereses y propósitos de los demás es un acto de amabilidad.
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