Jefferson Fisher en “The next conversation, argue less, talk more” presenta una función que ha creado que nos ayuda a construir conexiones en nuestras
conversaciones. Tiene tres pasos, siendo el primero: decir las cosas manteniendo el control.
Como hemos comentado en
la entrada del pasado domingo la fricción en las conversaciones puede dejar sitio para la
mejora porque lo que la desencadena nos ofrece oportunidades de aprendizaje,
pero para eso hemos de conocer cuáles son los posibles detonantes. Los principales
son :
I.-
FÍSICOS
Son los más observables
a la hora de entorpecer la comunicación. Son los más fáciles de reconocer
porque implican un daño físico inmediato, como ver que alguien se prepara para
golpearnos o a un animal lanzándose agresivamente sobre nosotros. Los desencadenantes
físicos pueden ser desde reacciones ante el entorno, como en el caso de
sentirnos nerviosos al acercarnos mucho
al borde de un acantilado a señales físicas como sentirnos agotados o
deshidratados.
Similarmente cuando nos
estamos comunicando con otros nuestro cuerpo instintivamente detecta peligros
potenciales a nuestro bienestar físico que pueden desencadenar respuestas
defensivas inmediatas. Como ejemplos podemos considerar estas situaciones:
- ·
Uno de nuestros padres levanta su voz o
usa un tono seco para demandar que obedezcamos.
- ·
Nuestro jefe se acerca demasiado y
penetra en nuestro espacio personal durante una discusión.
- · Un compañero nos señala con el dedo muy enfadado en una reunión de la empresa.
- Alguien inesperadamente nos agarra del brazo para llamar nuestra atención.
Los detonantes físicos ya
sean directos o percibidos impactan en nuestro sentido de seguridad y bienestar
y provocan instintos protectores que pueden neutralizar a nuestro pensamiento
lógico.
II.-
PSICOLÓGICOS
Son los que suelen
dañar más la comunicación. No implican un daño directo o esperado físico. Son
simplemente pensamientos, ya sean percibidos en el presente o anticipados para
el futuro. Aparecen bajo tres formas, en relación con:
a).-
Evaluación social
Suelen implicar el
miedo a los juicios negativos, al rechazo o a la humillación. Son las preguntas
que nos hacemos todos los días cuando nos enfrentamos a interacciones sociales.
Por ejemplo:
·
“Si digo esto……” :
- " ¿Pensarán que soy listo?"
- ¿Se ofenderán?
- ¿Querrán estar más conmigo?”
·
“Si hago esto….”
- ¿Pensarán que soy arrogante?
- ¿Me criticarán?
- ¿Me prestarán más atención?
·
“Si me muestro así….”
- ¿Encajaré?
- ¿Se reirán de mi?
- ¿Pensarán que tengo éxito?
Este tipo de
desencadenantes responden a la idea de que nos preocupa lo que los demás
piensen sobre nosotros. Todos tenemos la necesidad profunda de ser queridos y
deseados. Hemos sentido este detonante si por ejemplo hemos tenido que declinar
una invitación o hemos tenido que dar malas noticias. Constituyen todos una
evaluación de nuestra contribución social, un juicio sobre cómo los demás
evalúan nuestra reputación.
El tema recurrente en
todos los escenarios de evaluación social es la vulnerabilidad.
b).-
Amenazas a la identidad personal
Mientras la evaluación
social se ocupa de cómo los demás nos perciben, la identidad personal lo hace
en relación a cómo nos percibimos nosotros. Reconocemos esas amenazas como
desafíos a nuestra competencia, autonomía, propósito o valores. Actúan
cuestionando lo que nosotros creemos que somos y lo que defendemos.
1.-
Desencadenantes relacionados con la competencia. Nos hacen
preguntarnos si en el caso de que fracasemos significa que no somos capaces o
si nos corrigen si implica que ya no servimos. Un ejemplo puede ser las dudas
sobre su competencia para su trabajo que puede sentir un profesional que vuelve
a la vida laboral activa tras unos años y se encuentra con comentarios
escépticos sobre su capacidad por parte de su jefe.
2.-
Desencadenantes relacionados con la autonomía.
Nos hacen preguntarnos si estamos siendo microgestionados porque no se fían de
nosotros o si tenemos alguna participación en las decisiones que nos afectan. Un
ejemplo puede ser el caso de una enfermera o profesora con años de experiencia
que de repente se encuentra microgestionada por una serie de directivas y
normas de nuevos administradores que hacen que sienta que ha perdido su
atonomía y capacidad de decisión.
3.-
Desencadenantes relacionados con el propósito de nuestro trabajo.
Nos hacen plantearnos si nuestro trabajo tiene alguna importancia, si tengo
alguna meta definida o un objetivo más trascendente. Como ejemplo podemos tener
el caso de un ejecutivo de Wall Street que siente que el propósito de su
trabajo ya no le llena tras haber tenido un hijo, ya que las necesidades de su
rol profesional chocan con las de su
nuevo rol como padre.
4.-
Desencadenantes relacionados con los valores personales.
Nos hacen que nos preguntemos si nuestras creencias están siendo desafiadas o
no respetadas o si nos estamos forzando a compromisos relativos a quiénes
somos. Por ejemplo un profesional recién contratado siente que sus valores
están siendo atacados al escuchar algunos comentarios de un líder de su empresa
en relación con una compañera, mostrando una gran falta de respeto, lo que le
crea una disonancia entre sus convicciones personales y la posible cultura de
la empresa.
Cada uno de estos
escenarios destacan el hecho de que las amenazas a nuestra identidad personal
nos fuerzan a preguntarnos quién queremos ser.
También podemos sentir
nuestra identidad cuestionada por extensión o asociación. Por ejemplo si escuchamos
que alguien critica a nuestro candidato político preferido, podemos sentirnos
cuestionados porque aunque la crítica no vaya dirigida a nosotros podemos haber
ligado nuestra identidad a la de ese político o partido. De la misma forma
podemos hacer algún comentario negativo sobre nuestros padres o hijos pero no
aceptar que los demás lo hagan.
Hasta el hecho de
escuchar la palabra no puede ser percibido como una amenaza a nuestra identidad
personal. Cuando alguien nos dice que no, duda de nosotros o nos dice que no
podemos hacer algo, con frecuencia hace que tengamos más deseos de hacerlo. Lo
mismo ocurre cuando alguien cuestiona nuestras elecciones o acciones, sentimos
una amenaza porque parece que se está cuestionando nuestra autonomía.
El tema recurrente en
las amenazas a la identidad personal es la adecuación.
c).-
Detonantes de pérdida
Están relacionados con
el miedo de perder algo o a alguien a quien valoramos, sea una persona, un
trabajo o un determinado estatus. En comunicación suelen surgir como el miedo a
perder una relación o un estatus determinado.
Por ejemplo si estamos
presentando una nueva propuesta en el trabajo y nuestro jefe plantea sus dudas.
Podemos reaccionar defendiendo nuestro trabajo ya que somos los más expertos en
el tema o cedemos ante el punto de vista del jefe y abrimos el camino a nuevas
críticas. El miedo inmediato que surge en esta ocasión es el del rechazo de
nuestra propuesta, pero el que está bajo la superficie es el de la posible
pérdida del trabajo.
Las amenazas
psicológicas en relación con el sentimiento de pérdida pueden hacer que nos mostremos a la
defensiva o extremadamente cautos en nuestras comunicaciones. Quizás hace que
expliquemos en exceso algo, que dudemos sobre expresar nuestras opiniones o que
evitemos las conversaciones complicadas completamente. Con frecuencia podemos
sentirnos de esta forma porque el dolor anticipado de la pèrdida es más fuerte
que la incomodidad temporal de la confrontación inmediata.
El tema recurrente en
la pérdida es la separación.
Reconocer las subidas y
bajadas de nuestro cuerpo ante el
conflicto nos ofrece una gran ventaja. No solo entendemos mejor nuestras
propias reacciones y desencadenantes, sino que somos capaces de detectar estas
señales en otras personas. Es como un discernimiento o habilidad de detectar
los pequeños detalles: una elevación en el tono de voz, un suspiro de
exasperación, la tensión en los hombros, etc, representan una información para
recoger, son datos sobre el estado emocional de la persona. En lugar de
molestarnos cuando, por ejemplo, elevan su voz, podemos interpretarlo como una
señal de su ignición corporal, que nos informa de que su cuerpo se está
sintiendo amenazado por nosotros o por algo oculto para nosotros. En lugar de
reaccionar para “ganar” la discusión, lo que ahora sabemos que desencadenaría
más ignición, podemos responder de forma que se promueva el enfriamiento. Al entendernos
nosotros, estamos entendiendo a la otra persona.
Cuando analizamos el
origen de nuestros propios detonantes somos más hábiles a la hora de
identificar los de los demás. Y, comenzaremos a escuchar las voces elevadas de los
otros no como un ataque sino como una petición para remover una amenaza. Si
queremos neutralizar su detonante, debemos encontrar su desencadenante.





