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miércoles, 29 de abril de 2026

10 TRAMPAS MENTALES QUE BOICOTEAN NUESTRO ÉXITO

 


Amber Johnson en SmartBrief on Leadership del pasado 23 de abril plantea que el autosabotaje puede hacer que nos mantengamos en patrones de derrota, ya que con frecuencia nuestro pensamiento es el que está activamente creando obstáculos.

El problema con nuestro patrón mental de autosabotaje es que está tan profundamente enraizado que no nos paramos a cuestionarlo. La autora ha identificado 10 trampas comunes en las que caemos con más frecuencia. Éstas son, junto con las preguntas que nos ayudan a reflexionar para ayudarnos a reconocer si hemos caído en alguna de ellas:

1.- Evitación

Retrasar o evitar conversaciones difíciles, decisiones o tareas hasta que se convierten en problemas mayores u oportunidades perdidas..

Pregunta para reflexionar: ¿Qué conversación o tarea importante he estado retrasando o evitando y qué historia me estoy contando sobre las razones para ello y por qué ahora no es el momento correcto para hacerlo?

2.- Creer que todo gire sobre nosotros

Considerar como algo personal todo lo que tiene que ver sobre los estados de ánimo, decisiones o feedback, cuando frecuentemente no tiene nada que ver con nosotros.

Preguntas para reflexionar: ¿He asumido inmediatamente que he hecho algo mal?, ¿De qué otra forma puedo contemplar esta situación?

3.- Parálisis por exceso de perfeccionismo

Esperar al momento perfecto para un plan o situación en lugar de actuar aunque todo no sea perfecto pero podemos seguir progresando o modificar continuamente algo para que sea perfecto en lugar de arriesgarnos a equivocarnos o a que nos critiquen.

Preguntas para reflexionar: ¿Qué es lo que no estoy haciendo o empezando porque estoy esperando al momento perfecto?, ¿Qué es lo que estoy modificando continuamente en lugar de pedir feedback?

4.- Pensamiento catastrófico

Imaginar los peores escenarios y dejar que el miedo a lo que podría pasar evite que probemos cosas que podrían funcionar bien.

Preguntas para reflexionar: ¿qué riesgos me parecen seguros?, ¿Qué grado de incertidumbre puedo aceptar?, ¿Qué es lo que puede ir bien?

5.- Trampa de la comparación

Analizar nuestra realidad “detrás del escenario” comparándola con otras conduce a dudas y descorazonamientos innecesarios.

Pregunta para reflexionar: ¿Cuál es el panorama completo en esta situación?

6.- Patrón mental todo o nada

Pensar que si no podemos hacer algo completamente, no merece la pena hacerlo

Pregunta s para reflexionar: ¿Qué soluciones parciales pueden ser también beneficiosas?, ¿Qué merece la pena que intentemos porque vamos a aprender en el camino?

7.- Rumiar sobre errores pasados

Recordar constantemente errores pasados o momentos embarazosos en lugar de aprender de ellos y seguir adelante.

Pregunta para reflexionar: ¿Qué error pasado o momento embarazoso se repite constantemente en mi mente y cómo me está condicionando para evitar que actúe ahora?

8.- Asumir que sabemos lo que los otros piensan

Tomar decisiones basándonos en lo que pensamos, con frecuencia incorrectamente, que los demás piensan sobre nosotros.

Preguntas para reflexionar: ¿ Qué presunciones estoy haciendo? ¿cómo puedo probar estas presunciones?

9.- Mantenernos en la zona de confort

Elegir una incomodidad familiar en lugar de la incertidumbre que acompaña al crecimiento y a las oportunidades. Conformarnos con lo malo conocido.

Preguntas para reflexionar: ¿Qué estoy tolerando en lugar de aprovechar nuevas situaciones?, ¿Cuándo me he vuelto tan acomodaticio con “la piedra en  mi zapato” que siento que soy incapaz de sacarla?

10.- Pensamiento “siempre lo hemos hecho así”

Apoyarnos en patrones familiares aunque ya no nos sirvan. Mantener el estatus en lugar de trabajar para continuar creciendo.

Preguntas para reflexionar: ¿Dónde nos estamos mostrando complacientes? ¿Dónde nos estamos apoyando en ideas antiguas?

Nuestros patrones de autosabotaje con frecuencia surgen de los intentos de nuestra mente para protegernos, pero terminan limitando nuestro potencial y nos atascan en ciclos que no nos sirven.

domingo, 22 de marzo de 2026

CÓMO CONSTUIR CONFIANZA EN NOSOTROS MISMOS

 


Roxie Nafousi en “Confidence. Eight steps to knowing your worth” plantea que la confianza o seguridad en uno mismo es la fuerza invisible que moldea nuestras elecciones, guía nuestras acciones y finalmente determina cómo vivimos nuestras vidas. Es lo que nos permite soñar a lo grande, asumir riegos y construir una vida que realmente amemos. Pero para muchos de nosotros puede parecernos escurridiza, algo reservado para otras personas, aunque se puede cultivar, nutrir y hacer que crezca.

La confianza en uno mismo se puede definir de varias formas. En algunos casos como la capacidad de creer en nuestras habilidades, juicios y cualidades. En otros se define como la confianza de una persona en su capacidad para gestionar tareas y retos de forma eficaz y otros lo hacen como el sentimiento de seguridad y fe en uno mismo.

Para la autora comprende todas estas cosas y mucho más ya que la verdadera confianza en uno mismo está enraizada en un inamovible sentimiento de la  propia valía. Implica apreciar nuestro valor inherente, aceptándonos y valorando, por tanto, cómo somos, confiando y respetándonos y acogiendo nuestras fortalezas e imperfecciones. La seguridad en uno mismo significa creer sin ninguna duda que merecemos todo el amor, éxito y cosas buenas que la vida nos puede ofrecer.

Con frecuencia su significado se puede confundir y considerar que consiste en ser la voz más alta o que está ligada a un sentimiento de superioridad. Pero la verdadera seguridad en uno mismo no tiene nada que ver con esto, ni en intentar sobresalir sobre los demás. Por el contrario es una forma de movernos por el mundo con un propósito y certeza. Es la voz dentro de nosotros que nos dice que merecemos la pena y la creencia que independientemente de lo que nos acontezca podremos manejar la situación.

Si carecemos de esta confianza la baja autoestima puede infiltrar todos los aspectos de nuestras vidas y afectar nuestras relaciones, nuestra carrera profesional, nuestras ambiciones y la forma en la que nos vemos a nosotros mismos. Nos hace retroceder cuando debemos ir hacia delante y conformarnos con menos cuando podemos aspirar a más en las distintas facetas de nuestras vidas..

Diversas investigaciones muestran que muchas dolencias mentales incluyendo depresión, trastornos de la alimentación y ansiedad están relacionadas con baja autoestima. En el entorno laboral tenemos, por ejemplo, el síndrome del impostor, que ocasiona que profesionales con mucho talento sientan que son un fraude, dudando constantemente de sus capacidades y temiendo que su éxito sea inmerecido.

La confianza en uno mismo puede ser cultivada, no es un rasgo fijo e inalterable y cuanta más confianza tengamos en nosotros mismos más creeremos en nuestro potencial

Tenemos problemas para confiar en nosotros mismos fundamentalmente por:

1.- NUESTRAS MENTES

La mente humana está programada para centrarse en lo negativo más que en lo positivo. Esto es lo que los psicólogos conocen como el “sesgo de la negatividad” . Este rasgo evolutivo tenía sentido en el caso de nuestros antepasados que necesitaban estar muy alerta ante las amenazas a la supervivencia a la que estaban expuestos, como los depredadores. Las experiencias negativas con frecuencia indicaban  peligro inmediato por lo que nuestros cerebros evolucionaron para priorizarlas.

En la actualidad, sin embargo, no tenemos que enfrentarnos frecuentemente con depredadores que amenacen nuestras vidas, sino, por ejemplo,  con jefes complicados, comentarios desagradables o presiones de las redes sociales. El problema surge porque nuestras mentes con frecuencia luchan para diferenciar entre amenazas reales y estresores cotidianos. Esto nos lleva a reaccionar en exceso ante una crítica o feedback negativo, como si nuestra supervivencia estuviese en riesgo.

Como resultado vamos a recordar e internalizar con más facilidad  los contratiempos que a celebrar nuestros logros. El sesgo de negatividad que antes nos protegía, ahora nos atrapa en ciclos de dudas, amplificando nuestros miedos e inseguridades.

2.- NUESTRA INFANCIA

Nuestra educación en la infancia tiene un efecto profundo en la forma en la que nos vemos como adultos. Aunque nuestra infancia no haya sido traumática, ciertas experiencias pueden dejarnos huellas en nuestra seguridad en nosotros mismos.

El Dr. Gabor Maté, conocido por su labor sobre experiencias traumáticas, ha ayudado a ampliar la definición de éstas para incluir no solo las experiencias evidentemente traumáticas, sino, también, aquellos eventos, aparentemente menores que impactan en el sentimiento de nuestra propia valía-.Describe el trauma no como el evento en sí mismo, sino como la forma en que éste impacta en la psique de la persona. Por ejemplo, hemos podido ser criticados con frecuencia por ser demasiado desordenados  o escandalosos lo que puede hacer que creamos que ciertas partes de nosotros mismos no son aceptables.

Hasta los refuerzos positivos pueden tener efectos insospechados y no pretendidos. Si somos constantemente alabados por ser listos o guapos podemos haber aprendido, quizás, que nuestro valor solo se apoya en esas cualidades, creando un frágil sentimiento de valía que va a depender de la validación externa.

Es importante, por tanto, reconocer como algunas experiencias tempranas han podido influir profundamente en nuestra confianza en nosotros mismos y cómo han moldeado la narrativa que vamos a tener sobre nosotros mismos en nuestra etapa adulta.

3.- NUESTROS COMPAÑEROS Y AMIGOS

La necesidad de sentir que pertenecemos es una parte fundamental de ser humanos. Según la jerarquía, por ejemplo,  de necesidades de Maslow el sentirnos queridos y aceptados es una de nuestras necesidades centrales. Nuestra supervivencia, en la antigüedad, dependía de formar parte de un grupo, nuestra tribu, por lo que el instinto de encajar está tan fuertemente arraigado en nosotros. No es sorprendente, por tanto, que los compañeros ejerzan un impacto significativo sobre la confianza en nosotros mismos.

Esta necesidad de pertenencia empieza muy pronto. En la infancia nos volvemos muy conscientes de nuestras diferencias y la escuela es un terreno abonado para las comparaciones. Las experiencias de burlas, ser dejados aparte o de luchar por encajar pueden dejar cicatrices duraderas. Al crecer el deseo de pertenecer nunca nos abandona y el temor al rechazo o exclusión con frecuencia interfiere negativamente en nuestra habilidad para sentir confianza en nosotros mismos.

4.- LA SOCIEDAD Y LA CULTURA

La sociedad siempre ha dictado lo que merece la pena, tiene valor, es deseable o bello y estos ideales están cambiando constantemente. Cada pieza de cultura que consumimos, ya sea cine, literatura, música, etc, contribuye a nuestra percepción de lo que es deseable y lo que no lo es.

Aunque en la sociedad actual se están dando pasos para lograr y respetar una mayor diversidad, las redes sociales han ampliado la presión para compararnos con otros. Nos encontramos bombardeados por imágenes filtradas de supuestas perfecciones que ponen en evidencia nuestros defectos percibidos. La exposición constante a estas vidas idealizadas puede hacer que nos sintamos inadecuados, minando el sentido de nuestra propia valía personal.

Teniendo todo lo anterior en cuenta es crucial que recordemos que no debemos mostrarnos demasiado duros con respecto a nosotros mismos.

La autora propone seguir un camino para vencer las barreras que están dañando nuestro sentimiento de valía personal a través de 8 pasos

Paso 1: Dominar nuestros pensamientos

Nuestros pensamientos moldean nuestras creencias y, nuestras creencias moldean nuestra realidad.

Paso 2: Actuar con un propósito

Las acciones dicen más sobre nosotros que las palabras.

Paso 3: Dejar de querer gustar a todos

No tenemos que buscar ser queridos por todos. A nosotros no nos gustan todas las personas.

Paso 4: Liberarnos de las comparaciones

Las comparaciones son los ladrones de la seguridad en uno mismo.

Paso 5: Reconocer nuestros logros

Honrar y respetar quienes somos, apreciar quienes somos y sentirnos orgullosos de en quien nos estamos convirtiendo.

Paso 6: Hacer cosas que nos cuesten

El coraje no es la ausencia del miedo, sino la disposición a actuar a pesar de éste.

Paso 7: Ayudar a los demás

Cuando damos algo a los demás llenamos nuestra alma de propósito.

Paso 8: Mostrar la mejor versión de nosotros mismos.

Nos debemos a nosotros mismos el llegar a ser todo lo que hemos soñado que deseamos ser.

 

domingo, 4 de febrero de 2024

LA CIENCIA DE FRACASAR BIEN II

 


Amy Edmondson en su libro: “ Right kind of wrong. The science of failing well”, plantea que fracasar o errar  bien es duro por tres razones; aversión, confusión y miedo. La primera aversión la hemos analizado en la entrada anterior. La segunda es:

II.- CONFUSIÓN

Aunque “falla rápido, falla con frecuencia”  se haya convertido en una especie de mantra en Silicon Valley para celebrar los fracasos, está claro que un cirujano cardiaco o una compañía cuyo responsable de una planta de ensamblaje de automóviles falla constantemente no pueden permitirse subscribir esa idea.

La confusión creada por este mantra puede reducirse si entendemos los tres tipos de fallos y cómo importan las diferencias en los contextos. Los fallos van a ser más frecuentes en contextos noveles que en aquellos ya consistentes, por lo que no deberían alterarnos tanto, pero la amígdala, la parte del cerebro responsable de activar las respuestas de lucha o huida, detecta las amenazas independientemente del contexto. Además con frecuencia nos encontramos antes contextos variables, aquellos momentos en nuestras vidas en las que el conocimiento parece que existe para que sepamos manejar un tipo particular de situación pero, de repente, surge algo desconocido. Esto ocurre por ejemplo cuando los facultativos se encuentran en urgencias con un paciente que presenta un conjunto de síntomas desconocidos.

CONTEXTO

Consistente

Variable

Nuevo o inédito

 

Ejemplo

 

Línea de ensamblaje de vehículos

 

 

Quirófano

 

Laboratorio científico

 

Estado del conocimiento

 

 

Bien desarrollado

 

Bien desarrollado pero susceptible a la aparición de hechos inesperados

 

 

Limitado

 

Incertidumbre

 

 

Baja

 

Media

 

Alta

 

Tipo de fallo más frecuente

 

 

Fallos básicos

 

Fallos complejos

 

Fallos inteligentes

 

Nuestra confusión en relación con los fracasos facilita que surjan políticas y prácticas ilógicas. La autora comenta, por ejemplo, que en una reunión con altos ejecutivos de una firma financiera en abril de 2020 en la que éstos explicaban que la aceptación y el entusiasmo por los fracasos y  el consecuente posible aprendizaje era aceptable cuando los tiempo eran buenos, pero que en ese momento, en el que el futuro parecía incierto perseguir el éxito sin fallos era más imperativo que nunca.

Estos ejecutivos inteligentes deben repensar lo que implican los fallos:

a).- Primero porque la necesidad de un aprendizaje rápido de los fallos es más crítica en tiempos de turbulencia e incertidumbre,  sobre todo porque en ellos es más frecuente que se produzcan.

b).- Segundo porque aunque el hecho de recomendar a las personas que minimicen los fallos básicos y complejos puede ayudarles a que se centren, dar la bienvenida a los fallos inteligentes se mantiene como algo esencial en cualquier organización.

c).- Tercero porque deben reconocer que el resultado más probable de prohibir los fallos no es alcanzar la perfección, sino no escuchar nada sobre los fallos que pudiesen estar ocurriendo. Cuando las personas no hablan sobre los pequeños fallos, como un error contable, pueden éstos convertirse en mayores fallos, como grandes pérdidas financieras.

El instinto a exhortar a las personas para realizar su mejor trabajo en tiempos complicados es comprensible. Es tentador pensar que de esta forma podemos evitar todos los fallos, pero no es correcto, ya que la relación entre el esfuerzo y el éxito es imperfecta. El mundo a nuestro alrededor está cambiando constantemente y nos presenta nuevas situaciones. Los planes mejor definidos tienen problemas en entornos inciertos y hasta cuando las personas trabajan duro y están comprometidas a hacerlo bien, los fallos son posibles ante nuevas situaciones.

Además si consideramos lo que ocurre cuando los altos ejecutivos o padres, por ejemplo, dicen que los fallos no están permitidos y que solo son aceptables buenos resultados, vemos que éstos no desaparecen, sino que se esconden “bajo tierra”. La meta de fomentar la excelencia puede ser buena pero está en la naturaleza humana esconder la verdad cuando está claro que compartirla nos va a traer un castigo o la desaprobación. Nuestro miedo al rechazo es la tercera barrera en la ciencia de fallar bien.

III.- MIEDO INTERPERSONALAL AL ESTIGMA DEL RECHAZO SOCIAL

Junto a nuestra aversión emocional y confusión cognitiva encontramos un miedo profundamente enraizado a quedar mal a los ojos de los demás. El miedo inducido por el riesgo al rechazo social puede remontarse a nuestra herencia evolutiva cuando el rechazo podía significar literalmente la diferencia entre mantenernos vivos o morir de hambre o de exposición. Nuestras mentes modernas son incapaces de distinguir entre el miedo al rechazo que es irracional en la mayor parte de los escenarios de los miedos más racionales. Investigaciones realizadas por Matthew Lieberman y Naomi Eisenberger muestran que muchos de los circuitos cerebrales para el dolor físico y el social se solapan entre sí.

El miedo activa la amígdala induciendo la respuesta de lucha o huida, que puede implicar el hacer lo que sea para no parecer que hemos hecho algo mal. La respuesta al miedo diseñada, en sus orígenes para protegernos puede ser contraproducente en el mundo moderno cuando evita que asumamos los pequeños riesgos interpersonales que son esenciales para expresar nuestras opiniones o probar cosas nuevas.

El miedo inhibe el aprendizaje. Diversas investigaciones muestran que el miedo consume recursos psicológicos, desviándolos de las zonas del cerebro que gestionan la memoria y procesan nuevas informaciones, e impidiendo el aprendizaje y, por tanto, el aprender de los errores y fallos. Es difícil que las personas puedan trabajar bien si están asustadas y especialmente aprender de los fallos porque hacer esto es una tarea con una gran demanda cognitiva.

El miedo, también, dificulta que hablemos de nuestros fallos, sobre todo en esta época de redes sociales en la que la presión para parecer que siempre tenemos éxito es más grande que nunca. Por ejemplo, estudios muestran que los adolescentes actuales  están obsesionados con ofrecer una versión muy positiva y atractiva de sus vidas, continuamente comprobando si han recibido “likes” y sufriendo emocionalmente por comparaciones o desprecios, reales o imaginarios. Nuestra respuesta emocional ante un rechazo percibido pero irreal, es similar a la que experimentamos si el rechazo es real

El verdadero fracaso es creer que los demás nos van a apreciar más si estamos libres de fallos. En realidad apreciamos y nos gustan las personas que son genuinas y sinceras y que se interesan por nosotros, no aquellas que presentan un exterior perfecto.

Contar con un entorno de seguridad psicológica es el antídoto ideal para vencer el miedo interpersonal que nos impide fallar “bien”. Las investigaciones realizadas por la autora han mostrado que un entorno de seguridad psicológica ayuda a los equipos a evitar fallos prevenibles y a perseguir fallos “inteligentes”. El reducir las barreras interpersonales a “fallar bien” permite que las personas puedan asumir nuevos retos con menos miedo y puedan intentar tener éxito y, en caso negativo, aprender de la experiencia.

En la actualidad pocas organizaciones ofrecen la seguridad psicológica necesaria para aprender de los fallos. Esto ocurre, con frecuencia, por las dudas que se plantean los directivos en relación a cómo pueden responder de forma constructiva ante los fallos sin fomentar un desempeño laxo o, si los profesionales van a realizar su mejor trabajo si no se les considera responsables de hacerlo. Los padres se hacen en este sentido las mismas preguntas.

Estas preocupaciones provienen de una falsa dicotomía. Una cultura en la que es seguro hablar de los fallos cometidos puede coexistir con estándares elevados. Esto es verdad ya que el concepto de  seguridad psicológica no es sinónimo del “todo vale”. Un entorno laboral puede ser psicológicamente seguro pero esperar que los profesionales realicen un excelente trabajo y cumplan los plazos, por ejemplo.

Pero insistir en estándares elevados sin seguridad psicológica constituye un receta de fracaso seguro. Las personas tienden a estropear las cosas, aunque sepan hacerlas bien, cuando están estresadas. Lo mismo ocurre cuando nos gustaría preguntar cómo hacer algo pero no nos atrevemos, es más fácil que cometamos errores. También cuando las personas se encuentran con fallos “inteligentes” necesitan sentirse seguras para hablar a los demás sobre ellos. Estos fallos útiles dejan de ser “inteligentes” si se repiten una segunda vez.

Para vencer las barreras que nos encontramos y dificultan que fallemos “bien”, Edmondsosn sugiere:

 

CAUSAS

 

 

QUÉ AYUDA

 

Aversión

 

 

Reformular para construir atribuciones sanas

 

 

Confusión

 

 

Un marco para discernir los tipos de fallos

 

Miedo

 

 

Seguridad psicológica

 

Los fallos nunca son divertidos, pero con práctica, utilizando nuevas herramientas y perspectivas pueden ser menos dolorosos y puede ser más fácil aprender de ellos. Nuestra aversión instintiva a los fallos, nuestra confusión sobre sus diferentes formas de presentación y nuestro miedo al rechazo nos mantienen estancados. La vía de salida comienza por reformular lo que implican los fallos y establecer perspectivas realistas sobre ellos. Desde los pequeños contratiempos que experimentamos en nuestra vida cotidiana a las muertes trágicas que ocurrieron en a primera época de la cirugía cardiaca abierta, los fracasos son partes inevitables del progreso.

 

 

domingo, 30 de abril de 2023

NO PODEMOS AYUDAR A ALGUIEN QUE NO QUIERE SER AYUDADO

 


Deborah Grayson Riegel en “Go to help. 31 strategies to offer, ask for and accept help”, que estamos comentando, plantea que por muy duro que nos resulte pedir y aceptar ayuda, puede ser exponencialmente más duro intentar ayudar a alguien que no lo desea.

Cuando vemos a alguien luchando por resolver un problema o nos parece que lo está haciendo de forma equivocada nuestro instinto prosocial de ayuda surge, especialmente si el resultado nos afecta de alguna manera. Pero tenemos que tener en cuenta que nuestra ayuda solo va a ser útil si la persona quiere ser ayudada.

Cuando nos preguntamos las razones por las que alguien no quiere aceptar nuestra ayuda o ninguna ayuda debemos considerar que existen motivos válidos para esta reacción. Aunque no estemos de acuerdo con éstos, comprender por qué alguien rechaza nuestra ayuda puede mitigar nuestra frustración y facilitar el que demos un paso atrás.

Entre las razones más frecuentes tenemos que las personas:

1.- Pueden hacerlo por sí mismas y no necesitan ayuda.

2.- Han tenido una mala experiencia en el pasado al recibir ayuda.

3.- Buscan ayuda a través de un distinto enfoque cultural. Por ejemplo pedir y recibir ayuda puede significar cosas muy diferentes para cada persona:

a).- “Soy un miembro de una familia y ayudar a los miembros de la familia es lo que hay que hacer”.

b).- “Soy parte de una familia y pedir ayuda puede resultar embarazoso y traer la vergüenza a mi familia”.

c).- “Es la forma de mejorar en mi trabajo”.

d).- “Si pido ayuda los demás descubrirán que no sé realizar mi trabajo”.

Cómo, cuándo, dónde y por quién hemos sido educados impacta en nuestro patrón mental de ayuda y de comportamiento. La persona a la que queremos ayudar puede tener creencias, normas y valores sobre lo que implica ayudar muy distintos a los nuestros. Éstos ejercen un impacto directo y condicionan el que la persona sienta que necesita ayuda  o no, de quién puede recibirla y qué tipo de ayuda.

Por ejemplo, culturas colectivas como las que existen en China, Corea, Japón, Indonesia y Costa Rica enfatizan la interdependencia y la armonía social dentro del grupo. Como resultado las personas que crecen en esas culturas pueden poner el bienestar del grupo sobre sus propios intereses y motivos. Por el contrario, culturas que son más individualistas como las de los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Reino Unido tienden a poner los motivos personales por delante de los valores del grupo.

Por tanto podemos ver cómo nuestro colega en Beijing es raro que busque o acepte ayuda fuera de su propio grupo, mientras que el que se encuentra en Brisbane es más fácil que nos agradezca la oferta de ayuda y la acepte.

Evidentemente, esto no es lo que ocurre siempre ya que existen miles de factores que impactan en la cultura, creencias , prácticas y valores personales a la hora de aceptar ayuda. Por lo que en lugar de intentar averiguar todos los matices culturales en cada caso es mejor que nos hagamos la siguiente pregunta: “¿Qué es lo que no conozco ni entiendo sobre esta persona que puede estar influyendo en sus pensamientos, sentimientos y acciones en relación con su disposición a aceptar mi ayuda?”

4.- Desean tener la oportunidad de crecer y aprender a través de sus errores. Cuando ayudamos a alguien con frecuencia estamos intentando evitar que cometan errores o mitigar pérdidas.

Con frecuencia, sin embargo, cometiendo errores y recuperándonos de pérdidas son dos vías fundamentales que tenemos las personas para aprender a tener éxito. Si constantemente estamos ayudando a alguien es difícil que crezcan y aprendan.

5.- Su autoestima impide aceptar ayuda. Muchas personas creemos que si pedimos ayuda significa que no tenemos habilidades necesarias o somos incompetentes o fracasados. Podemos pensar:

a).- “Aceptar ayuda es una prueba de que no puedo hacerlo por mí mismo”.

b).- “Soy el jefe, no puedo aceptar ayuda de mis subordinados”.

c).- “¿Qué me puede enseñar alguien de la Generación Z que yo no sepa?”

Estos son algunos de los patrones mentales a los que se enfrentan  las personas que tienen dificultades para pedir o recibir ayuda.

5.- No quieren recibir específicamente nuestra ayuda. Puede ser que las personas no deseen recibir ayuda si viene de nosotros. En este caso puede ser que:

a).- Hayamos ofrecido ayuda en el pasado que no haya sido útil.

b).- Hemos podido decir: “Te lo dije” cuando alguien no aceptó nuestra ayuda.

c).- Esperábamos recibir muestras contantes de agradecimiento.

d).- Pensamos que somos más expertos de lo que la otra persona opina.

e).- Nuestra experiencia no sea tan relevante como pensamos que es.

f).- Decimos que vamos a ayuda pero lo que vamos a hacer es tomar el control.

g).- Nuestra ayuda lleve consigo algún tipo de reciprocidad.

h).- No hayamos mostrado empatía ante sus esfuerzos.

i).- No hayamos mantenido la confidencialidad en una petición de ayuda anterior.

Teniendo en cuenta el listado anterior nos podemos preguntar si debemos admitir que existen razones para que la otra persona no desee recibir nuestra ayuda e identificar cuáles son éstas. Posteriormente podremos preguntar al otro cuáles son sus razones y escuchar atentamente, sin intentar justificar nuestras acciones previas, comprometiéndonos a mejorar.  

Puede ser que ya comprendamos las razones por las que la persona a quien queremos ayudar no desea que lo hagamos, pero si no lo hemos logrado debemos dedicar un tiempo para pensar por qué no están aceptando ayuda, procurando ver las cosas desde su perspectiva y no desde la nuestra. Diversas investigaciones muestran que si queremos hacerlo adecuadamente lo mejor es pedir a esa persona que comparta sus perspectiva en lugar de intentar imaginar cuál puede ser ésta. Podemos aprender que es posible que no quieran recibir ayuda nuestra pero sí la aceptarían de un experto en el campo del que se trate el problema o que la ayuda que ofrecemos no es la que necesita en ese momento. En este último caso debemos ver si podemos aumentar nuestra capacidad de ayuda.

Lograr incrementar nuestro abanico de ayudas no es sencillo y requiere que le dediquemos tiempo, paciencia, intención, práctica y obtengamos feedback. Finalmente, debemos pensar que aunque puede ser frustrante no poder ayudar a nuestro familiar, amigo o compañero podemos utilizar nuestra energía en ayudar a otras personas que si se pueden beneficiar de nuestra ayuda como otros colegas o alguna asociación benéfica.

 Lo que si tenemos que tener en cuenta es que hay que eliminar de nuestro vocabulario las palabras. “Ya te lo dije” cuando alguien a quien hemos ofrecido nuestra ayuda y la ha rechazado se comprueba, posteriormente, que se podría haber beneficiado de ésta. Pocas palabras generan tanto rechazo como éstas ya que:

a).- Cuando alguien ha cometido un error de juicio no quiere que nadie se lo recuerde. Puede llevar a que la persona a la que hemos intentado ayudar sienta vergüenza lo que suele ocasionar que se sienta vulnerable expuesta y enfadada. Resulta embarazoso y denigrante lo cual no va a contribuir a crear relaciones sanas.

b).- Puede interpretarse como una forma de buscar reconocimiento por nuestra inteligencia o visión, lo que es cierto pero no es adecuado a costa de su proyecto, su dignidad o nuestra relación.

c).- Con frecuencia es una forma indirecta pasivo – agresiva de mostrar que estamos dolidos ante el rechazo a aceptar nuestra ayuda, o de la frustración que experimentamos porque nuestro consejo fue ignorado o hasta enfado porque escogieron un enfoque distinto a lo que nosotros hubiésemos hecho o sugerido.

Otro factor que hace que estas palabras resulten muy irritantes e innecesarias es el efecto” ya lo sabía yo” por el que después de que haya sucedido algo nuestra tendencia natural nos lleva a considerar que ese hecho era predecible, aunque no lo hubiésemos predicho. En otras palabra la persona que no ha aceptado nuestra ayuda posiblemente esté pensando: “ ya me lo había dicho” sin necesidad de escuchar esas palabras de otra persona.

Existen situaciones excepcionales en las que debemos ayudar a alguien que no quiera nuestra ayuda. Entre éstas tenemos los siguientes escenarios:

1.- Cuando alguien está expuesto a un riesgo o a un daño irreparable.. Por ejemplo ante una tentativa de suicidio o si el comportamiento de una persona está poniendo en peligro la reputación de otro u ocasionando problemas legales o financieros a los demás. En estos casos puede que no seamos nosotros quienes facilitemos la ayuda directamente, podemos pedir que alguien más experto la facilite.  

2.- Cuando la persona tiene sus capacidades emocionales, cognitivas o intelectuales disminuidas podemos ayudar a que puedan actuar acompañándoles en el proceso.

3.- Cuando es nuestro trabajo, como por ejemplo en el caso de los bomberos.

4.- Cuando entendemos que no quieren nuestra ayuda pero estamos dispuestos a aceptar las consecuencias de ayudarles. Por ejemplo si decidimos ayudar económicamente a un hijo mayor de edad con el alquiler cuando nos ha dicho que quiere ser autosuficiente, podemos beneficiarnos al sentir menos preocupación por su bienestar material pero al coste de interferir en su sentido de autonomía e independencia y de un posible enfado con nosotros.

 

 

jueves, 23 de marzo de 2023

CÓMO SUPERAR LA MENTALIDAD DE VÍCTIMA

 


Manfred Kets de Vries en INSEAD Knowledge del pasado 8 de marzo plantea que en ocasiones ocurren cosas que hacen que nos sintamos víctimas y que aunque es normal que experimentemos estos sentimientos para algunas personas se pueden convertir en una parte constante de sus vidas.

Las personas más proclives a sentirse víctimas tienden a tener una autoestima baja, a sentirse pesimistas en relación con la vida y a sufrir sentimientos de culpa, vergüenza, reproches y autocompasión. Con frecuencia se sienten alienados y desilusionados del mundo ya que creen que las personas van a pillarles y con frecuencia perciben que el daño que se les puede infligir está injustificado y es inmerecido.

Algunos de estos individuos tienden a exagerar las situaciones considerándolas catástrofes lo que les puede llevar a dirigir agresiones o actuaciones violentas hacia los supuestos perpetradores. Pueden justificar sus acciones inmorales como castigos por daño hecho a ellos o racionalizarlas diciendo que de esa forma evitan que se reproduzcan situaciones similares.

Evitan asumir la responsabilidad por sus impulsos destructivos y utilizan mecanismos de defensa tales como negación o proyección, para creer que no son culpables de malas acciones. Preocupados por sus sentimientos de ser maltratados buscan el reconocimiento de su sufrimiento y desean que los supuestos perpetradores expresen sentimientos de vergüenza y culpa por sus malas acciones.

Las personas con mentalidad de víctimas tienden a rumiar su miserable estado imaginario, lo que interfiere con su capacidad para realizar sus tareas cotidianas y con sus relaciones con los demás. Se atascan en patrones negativos, lo que evita que encuentren otras formas de pensar nuevas.

Los individuos reducen grandemente su poder de desarrollarse y de crecer cuando no aceptan su responsabilidad personal por sus circunstancias. Al continuar jugando un papel de víctima, su actitud hacia la vida se convierte en una profecía autocumplida.

El primer paso para cambiar la percepción de ser una víctima consiste en que el individuo reconozca cómo se está saboteando a sí mismo y propiciando el sentirse abatido. A partir de ese momento puede descubrir que tienen el poder de escoger sus respuestas, actuar sobre sus problemas y dejar de ser una víctima. Prestando atención a lo que ocurre en su mente y cómo sus pensamientos afectan a las historias que se cuentan a sí mismos, podrá ajustar su comportamiento.

Para poder hacerlo necesitará destapar los orígenes de sus creencias limitantes y explorar memorias reprimidas para entender la procedencia de determinadas características de su conducta. A través de este proceso pueden descubrir que los mecanismos de afrontamiento que han estado utilizando se han podido volver disfuncionales y no ser ya útiles.

Paso a paso pueden comenzar a aprender cómo crear una nueva realidad centrándose en lo que pueden controlar y dejando ir lo que no pueden controlar. Una vez que han reemplazado por otros sus pensamientos negativos la vida puede comenzar a trabajar en su favor.

El perdón es un paso esencia en el proceso de dejar ir y de encontrar paz interior, pero no exonera lo que el perpetrador ha podido hacer, no implica olvidar. Es un acto valiente que da a los individuos la fortaleza para ir más allá del dolor que hayan podido experimentar. Desgraciadamente muchas personas se aferran al resentimiento bajo la falsa creencia de que forzará a los demás a aceptar su culpa o su responsabilidad por su dolor. En lugar de eso es mejor aceptar que todos podemos haber dañado a alguien y que el perdón es parte de nuestras vidas.

Mostrar compasión hacia los demás también es una fuerza liberadora y sanadora. Aferrarse a emociones negativas asociadas con victimismo solo mantiene a las personas cautivas, reafirmando sus identidades como víctimas. Ser amables con los demás empodera a la persona y crea sentimientos de tener mayor control sobre nuestras vidas. Centrarnos en las bendiciones de nuestras vidas y practicar la gratitud puede ayudar a desarrollar un patrón mental más positivo. La forma más rápida para dejar de sentirnos víctimas consiste en centrarnos en lo bueno que nos pasa y para ello nos podemos preguntar qué es lo que debemos agradecer cada día o qué cosas buenas nos han pasado hoy. La gratitud es el reconocimiento consciente de lo que nos aporta alegría en el momento presente y al ampliar nuestra mirada podemos empezar a ver lo afortunados que somos.

No son solo los individuos los que pueden desarrollar mentalidad de víctima, grupos de personas pueden caer en este patrón mental. Victimismo colectivo surge cuando grupos de personas experimentan hechos traumáticos o injusticias. En este caso las personas deben aceptar lo que ha ocurrido en el pasado y asegurar una cultura del recuerdo. El duelo es una parte importante para permitir a las personas a enfrentarse a las heridas del pasado, metabolizar lo ocurrido y llegar a nuevos comienzos. Si las experiencias traumáticas no se abordan será muy difícil llegar a algún tipo de cierre.

Los traumas no solo aíslan sino que estigmatizan y avergüenzan. Por tanto, para que una sociedad funcione en el futuro debe recrear un sentimiento de comunidad. Si los supervivientes de una atrocidad quieren restaurar su creencia en la humanidad sus conexiones con una comunidad más amplia deben volver a establecerse. Al crear el sentimiento de pertenencia dentro de un grupo los individuos van a volver a confiar en la humanidad y para ello deben embarcarse en un proceso de reconciliación.

La reconciliación va a consistir en el proceso de restaurar relaciones, mediante el abordaje de los sentimientos de dolor, pena e ira. Implica reconocer sufrimientos pasados, cambiar actitudes y conductas destructivas y facilitar una plataforma para la curación. Ambas partes deben estar dispuestas a enfrentarse a la verdadera dureza de lo ocurrido y a entender por qué pasó. La parte dañada debe sentirse suficientemente segura de que el comportamiento dañino no va a volver a producirse. Este puede ser un proceso largo ya que ambas partes deben volver a construir confianza y una relación no violenta, al tiempo que deben aprender a cooperar. La meta es establecer la paz, la justicia, la equidad, la sanación, el perdón y las relaciones productivas dentro y entre comunidades. La reconciliación difiere del perdón ya que es el proceso público de restaurar relaciones rotas, mientras el perdón es un proceso privado de curación interior.

Facilitar un espacio seguro para los supervivientes para sentirse escuchados puede ayudar a la reconstrucción de relaciones. La reconciliación requiere el examen del daño hecho, la investigación de la responsabilidad y la comprensión de la narrativa de ambas partes. Puede crear puentes entre partes opuestas y conducir a un proceso de curación colectivo que incluya el perdón.

Para romper el ciclo de victimismo las personas deben embarcarse en dos viajes diferentes. El primero es interior hacia el auto-descubrimiento, ayudando a reconciliarse con el sufrimiento personal y el segundo se refiere a injusticias colectivas y va dirigido hacia fuera implicando reconciliación.

A lo largo de estos caminos los individuos pueden pasar de ser víctimas pasivas de sus circunstancias a vencedores activos capaces de efectuar cambios significativos en sus vidas.