Jefferson Fisher en “The next conversation. Argue less, talk more”, que estamos comentando, plantea que decir no es difícil. Cuando somos niños lo hacemos con facilidad, pero cuando vamos creciendo aprendemos que decir no tiene un coste. Decir no ante las presiones de compañeros puede hacer que nos sintamos aislados, a nuestros padres o profesores puede acarrear un castigo, etc.
Por tanto, para evitar
estas consecuencias cedemos para que no haya problemas y todos estén
contentos, aunque nosotros no lo estemos. Priorizamos el confort y los deseos de
los demás sobre los nuestros, con frecuencia a expensas de lo que
verdaderamente deseamos nosotros. Con el tiempo esta actitud se convierte en un
patrón que nos puede generar estrés y resentimiento.
Aprender a decir que no
supone no solo el reclamar nuestro poder para tomar decisiones que respondan a
nuestras necesidades, sino también redescubrir la libertad de escoger sin
miedo. Nos sentiremos más felices, más sanos y más auténticos en relación a
cómo verdaderamente somos.
Por ejemplo, cuando
recibimos una invitación que no deseamos aceptar, tenemos que pensar que no
estamos negociando con la otra persona, sino que estamos negociando con
nosotros mismos. Nuestra paz mental no es negociable. Debemos tener la
suficiente seguridad en nosotros mismos para responder aceptando si eso es lo
que queremos o no haciéndolo si no lo deseamos.
Lo importante es
rechazar la invitación de la forma adecuada. Si respondemos: “Gracias por la
invitación, pero no puedo” , el problema es que en la secuencia de comenzar con
un agradecimiento y finalizar con el no, encontramos demasiado tentador buscar
una justificación o una excusa para acabar la frase: “Gracias por la
invitación, pero no puedo porque tengo que…….”
Otro problema con esta
secuencia es que invita a que la otra persona nos pregunte el
por qué o comience a indagar , porque parece que cuando dices “no puedo”
esperas que el otro muestre preocupación o interés y responda con ¿Por qué ¿
¿Qué pasa? Y uno de los principales problemas de esta secuencia es que nos
obliga a decir “pero”: “Gracias, pero…..” y de esta forma nuestra afirmación
previa de gratitud se debilita.
Fisher recomienda para que
empecemos a tener confianza a la hora de decir no a invitaciones sencillas que sigamos
los siguientes pasos:
Primer paso: decir no
“No puedo”
“No voy a poder o no
voy a ser capaz de “
“Necesito decir no/voy
a pasar”
Paso 2: Mostrar gratitud
“Gracias por
invitarme/por incluirme/por pensar en mí”
“Es muy amable por tu
parte/significa mucho para mí”
“Agradezco que me lo
pidas”
“Me siento
halagada/honrada”
Paso 3: Mostrar
amabilidad
“Parece que va a ser un
momento maravilloso”
“Confío que vaya bien/¡sé
que será genial¡”
“He oído cosas buenas
de ….”
“Espero que estés
bien/que te vaya bien”
Esta secuencia funciona
por diversas razones: primero porque comienza con el no, el no es directo. Segundo
porque nivelamos el no con gratitud, que reconoce el valor del gesto y hace que
sea innecesario el utilizar el pero en la respuesta. Finalmente al terminar nuestra
respuesta con una afirmación amable, estamos haciendo que en lugar de preguntar
“¿Por qué no? La otra parte sienta más
deseos de decir algo parecido a “te echaremos de menos".
El autor avisa que si a
pesar de todo nos piden una justificación, una razón por la que hemos dicho que
no, no tenemos porque ceder y dar una explicación salvo que sea alguien en
quien confiemos o que nos sintamos cómodos con ser abiertos. Por ejemplo en el
escenario de una invitación para tomar un café, que hemos rechazado, si nuestro compañero nos pregunta las razones
detrás de nuestra negativa, debemos responder repitiendo nuestra respuesta: “No
puedo”. En este punto esta respuesta será más fría ya que no necesitamos
excusarnos ni justificarnos cuando estamos eligiendo lo que consideramos que es
lo adecuado para nosotros.
Debemos aceptar los
sentimientos de decepción y no dejar que afecten nuestra seguridad en nosotros
mismos. Forman parte del proceso de reclamar nuestras necesidades y de
recuperar nuestra libertad. Debemos entender que cuando sentimos que estamos
decepcionando a otra persona el 98% se debe al ego y el 2% a la realidad.
Esto es porque parte de nuestros
sentimientos de decepción se deben a que
nos queremos convencer de que nuestra presencia es tan deseada que la otra
persona se sentirá muy desilusionada si decimos que no. Pero rara vez somos tan
importantes.
El problema surge ante
las conversaciones complicadas. En estos casos es posible que sea necesario
recurrir a los límites y entonces tenemos que saber cómo comunicarlos de forma
asertiva.
Normalmente nos
referimos a los límites en el sentido de no permitir cruzar una línea, pero son
más que líneas, deben ser un perímetro que nos rodee. Los límites informan
sobre lo que es importante para nosotros, lo que valoramos profundamente (
nuestra familia, nuestra salud, nuestra carrera, nuestro bienestar, el respeto
a nosotros mismos, etc). Por ejemplo si nuestra familia es nuestra prioridad
principal es un valor, no un límite o barrera, y dejamos que los demás lo
perciban si rechazamos ir a un evento importante por cuidar a nuestros hijos.
Nuestras acciones y
elecciones definen los límites y las barreras alrededor de lo que valoramos.
Son las que informan a los demás lo que es importante para nosotros. La importancia
de nuestra familia no se convierte en una
barrera hasta que no comenzamos a hacer elecciones intencionadas que informan a
los demás de que no se les permite entrar. Tenemos que dejar que los otros
sepan qué está permitido y qué no.
Los beneficios de los límites son innumerables:
son fundamentales para las relaciones sanas, la comunicación sincera y el auto-
respeto. Al construir barreras no solo protegemos nuestro bienestar emocional y
mental, también educamos a los demás para que respeten nuestras necesidades y
límites. Ayudan a prevenir el burnout y el resentimiento al asegurarnos de que
asignamos nuestro tiempo y energía a lo que verdaderamente nos importa. Nos
permiten efectuar elecciones alineadas con nuestros valores y prioridades,
fomentando nuestra autonomía y libertad.
Debemos recoger
nuestros límites en un “manual” que incluya todos los “no” que queremos sean
automáticos. Este manual va a instruir a la otra persona en detalle cómo operamos
y cuáles son nuestros límites. En él debemos hacer una lista numerada , un
conjunto de instrucciones sobre cómo vamos a actuar en nuestra siguiente conversación.
Por ejemplo: “No voy a responder ante las faltas de respeto, “No voy a dejar que
los otros decidan cómo debo pensar o cómo debo sentirme” , “No rechazo mi intuición por considerarla
irrelevante”, “No voy a comprometer mi paz mental en aras del apaciguamiento” o
“No participo en cotilleos ni en asesinatos del carácter de los demás".
Encontraremos que el acto de escribir estos propósitos nos da seguridad.
Una vez que conocemos
el valor que deseamos proteger y tenemos listo nuestro manual es tiempo de afirmar
nuestro límite. Esto implica comunicárselo a la otra persona. Para ello.
1.-
Comenzar con el límite
Comenzar con una
afirmación “Yo” y luego insertar nuestro límite. Utilizar yo deja claro que es
nuestro límite, nuestra elección. Podemos decir, por ejemplo: “Yo no acepto
cómo me estás tratando”, “Yo no trabajo los fines de semana” o “Yo no bebo
alcohol” .
Los límites no tienen que
comenzar siempre con yo no , pueden también redireccionar conversaciones,
redirigir el foco en algo y clarificar nuestro interés por una conversación
constructiva. Por ejemplo:
a).- El límite de la
presencia: “Estoy aquí porque me importas” para volver a centrar una
conversación cuando la otra parte trata de introducir un tema no relacionado o
distraernos del tema central.
b).- El límite del
propósito: “Estoy aquí para hablar de lo que me dijiste la semana pasada” para
volver a centrar la conversación cuando intentan introducir temas pasados o
atacar nuestro carácter.
c).- El límite de la
integridad. “No voy a hacer eso contigo o no voy a ir allí contigo”, para
mostrarnos firmes cuando la otra parte busca obtener una reacción emocional o
propone algo extraño-
Una vez que hemos
declarado nuestro límite no debemos justificarlo ni explicarlo. La otra parte
es la que debe decidir si van a respetarlo o no.
2.-
Añadir la consecuencia
Si la otra parte deja
claro que no va a respetar nuestro límite, debemos añadir una consecuencia,
informando sobre lo que va a pasar si continúan sobrepasándolo. Existen dos
pasos:
a).- El primero es
condicional: “ Si continuas…..”
b).- El segundo es la
acción: “Voy a ….”
Por ejemplo: “Yo no acepto
la forma en la que me tratas. Si continuas tratándome así voy a finalizar la
conversación”, “Yo no trabajo los fines de semana, si continuas programando
actividades los fines de semana buscaré otro trabajo que respete mi compromiso
con mi familia” o “Yo no bebo alcohol. Si continuas presionándome para que
beba me marcharé”
3.-
Seguir adelante
Esta es la parte más
difícil. Las consecuencias se deben cumplir, por lo que si los demás continúan ignorando
nuestros límites deberemos hacer lo que hemos comunicado, y por tanto en los
ejemplos mencionados: abandonar la conversación, buscar un nuevo trabajo o dejar
la fiesta e ir con amigos que respeten nuestras elecciones. Estamos mostrando
que hacemos lo que decimos.

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