miércoles, 16 de septiembre de 2026

ESTRATEGIAS PARA IMPULSAR NUESTRA AUTO-EFICACIA

 


Martin Seligman en Big Think del pasado ocho de septiembre plantea que la autoeficacia o confianza o creencia que tiene una persona en su propia capacidad para ejecutar acciones y lograr metas específicas puede, según décadas de investigaciones, ser fortalecida por medio de unas pocas y sorprendentes estrategias sencillas.

Albert Bandura, el padre del concepto de autoeficacia, definía la eficacia como la creencia en nuestra capacidad para ejecutar comportamientos que producirían resultados específicos. No se trata de tener la habilidad concreta, sino de creer que podemos tenerla y tener éxito. En primer lugar la ideología que tengamos influye en nuestra eficacia. Si creemos que la gracia de Dios arbitrariamente hace todo o el destino o la casualidad o el sistema, nuestra propia eficacia será baja. Si, por otro lado, creemos en el poder de la voluntad humana o hasta en la cooperación con Dios, nuestra eficacia será más elevada.

Más allá de la ideología Bandura identificó diversas formas prácticas de construir la autoeficacia, entre las que destacan:

1.- Empezar poco a poco y dejar que el éxito llegue en cascada

La fuente más potente de eficacia es la maestría (la experiencia directa del éxito en tareas desafiantes). Se ha comprobado que el tamaño del éxito no importa tanto como pensamos porque nuestra mente registra el que terminemos algo, no su magnitud.

Esto ocurre porque cada tarea completada, independientemente de lo trivial que sea, envía una señal a nuestro cerebro: “ Me propuse hacer algo y lo he conseguido”. Esta señal es la que construye la eficacia, no la importancia del logro. Por esta razón si nos sentimos paralizados ante una habitación en completo desorden, no debe tratar de limpiar todo de golpe. Debemos comenzar, por ejemplo por lavar una taza de café. No porque una taza limpia importe , sino porque completar esa acción con frecuencia desencadena una cascada y una taza lleva a otra lo que lleva a limpiar la encimera y el resto de la habitación. Cada micro-éxito es como una pieza de dominó.

2.- Contemplar cómo alguien como nosotros tiene éxito

Ver a otros triunfar en tareas similares impulsa nuestra propia eficacia siempre que atendamos a los detalles correctos. La clave se encuentra en la similitud. Si ellos pueden hacerlo yo también podré, pero siempre que se parezcan a nosotros en cosas significativas y si entendemos cómo lo han hecho y no solo que lo han hecho.

Esta estrategia funciona porque cuando observamos a alguien similar a nosotros superar un obstáculo nuestra mente hace una inferencia automática: “Si alguien como yo lo ha logrado, la tarea puede ser posible para personas como yo”.

Pero la observación exclusivamente no es suficiente, tenemos que estudiar su enfoque, las acciones específicas que realizó esa persona  o  que hizo cuando se atascó. Por esta razón debemos cultivar las relaciones con personas que persiguen metas similares.

3.- Reformular el fracaso

Fracasaremos, pero la cuestión se centra en la historia que nos contemos a nosotros mismos sobre las causas del fracaso. Las personas con alta eficacia atribuyen los fallos a factores controlables, como no prepararse adecuadamente o utilizar la estrategia equivocada. Las personas con eficacia baja atribuyen los fallos a limitaciones fijas, como ausencia de talento o ser estúpidos. La diferencia entre estas dos explicaciones determina si volvemos a intentarlo o nos rendimos.

Si imaginamos que estamos en una entrevista de trabajo y no hemos conseguido el puesto al que aspirábamos podemos concluir que no somos buenos en las entrevistas o que no somos el tipo de persona que desean, con lo que estamos identificando una deficiencia intrínseca permanente y no podemos hacer nada. Si, por el contrario, concluimos que no habíamos estudiado lo suficientemente bien la compañía o necesitamos practicar cómo responder bien a determinadas preguntas, hemos identificado un error que podemos corregir. La eficacia sobrevive porque el camino hacia delante es claro: analizar más, practicar más. El resultado objetivo es idéntico: no conseguimos el trabajo, pero el resultado psicológico es distinto: una interpretación nos bloquea, mientras la otra nos lleva a seguir intentándolo mejor preparados.

Por esta razón debemos analizar lo que hemos aprendido de los contratiempos en lugar de centrarnos en lo que ha ido mal. La pregunta correcta no es: ¿Por qué soy así? , sino: ¿Qué voy a hacer diferente la próxima vez?

4.- Reformular nuestras señales corporales

La tristeza, la ansiedad, la fatiga y la enfermedad física minan nuestras creencias sobre nuestra eficacia por la manera en la que las podemos interpretar. Por ejemplo cuando nuestro corazón late con fuerza y las palmas de nuestras manos están sudorosas antes de una presentación nuestra mente se pregunta qué es lo que significa. Si lo interpretamos como que tenemos miedo porque no somos capaces nuestra eficacia cae y nuestro desempeño se resiente. Si por el contrario lo interpretamos como mi cuerpo está movilizando energía porque es importante, nuestra eficacia se mantiene y nuestro desempeño mejora.

Esto ocurre porque nuestro cuerpo produce respuestas similares ante las amenazas y los retos. La interpretación que le demos determina el estado psicológico en el que entramos: de evidencia de incapacidad a preparación para la acción. Nuestro cuerpo nos está dando energía, la cuestión es cómo la tratamos: como un aliado o como un enemigo.

 

 

 

 

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