domingo, 10 de abril de 2016

LA ORGANIZACIÓN SIN MIEDO I


Paul Brown, Joan Kingsley y Sue Paterson, en su libro “The fear – free organization. Vital insights from neuroscience totransform your business culture”, plantean la forma en que las organizaciones pueden eliminar el miedo de su cultura.

El miedo es una de las fuerzas más utilizadas por los jefes en el mundo laboral actualmente. Pero la neurociencia está mostrando que una cultura del miedo no es saludable y acaba siendo destructiva tanto para las personas como para las organizaciones, que terminan siendo ineficientes, no competitivas y sin innovación.  Pueden sobrevivir pero no florecer y destacar.

El primer cuarto del siglo XXI va a ser definido por los llamativos avances en el conocimiento de la neurobiología que nos ayuda a entender la forma en la que le cerebro construye nuestras mentes. La aplicación de esta información es crucial para los directivos y líderes ya que tiene importantes implicaciones en la forma en la que la energía humana se moviliza para alcanzar las metas de las organizaciones y en el tipo de interrelaciones que se van a establecer entre sus profesionales.

En una organización sin miedo no existen enemigos internos, ya que tiene tolerancia cero hacia los bullies, los rumores maliciosos, los favoritismos y las políticas autoritarias. En ella sus líderes son conscientes de que las personas asustadas dedican más tiempo a garantizar su supervivencia  que a trabajar productivamente, los profesionales se sienten inspirados ya que son estimulados a correr riesgos y a explorar nuevas posibilidades.

El miedo es la más primitiva de todas las emociones y es central para el desarrollo de la mente desde nuestro nacimiento y a lo largo de toda nuestra vida. Juega, por tanto, un papel fundamental en el desarrollo de la forma de ser de las personas. Es esencial para nuestra supervivencia, pero el miedo persistente puede llegar a destruirnos. Los avances en la neurociencia están mostrando los  efectos devastadores y a largo plazo que el abuso mental y físico puede tener en la estructura y el funcionamiento de nuestra mente. Las experiencias de miedo pueden producir cambios dramáticos en la arquitectura de nuestro cerebro, provocando profundas alteraciones en nuestras creencias y percepciones.

Las emociones condicionan nuestra vida psicológica. A través de ellas se desarrollan nuestros sentimientos, patrones mentales y actitudes. Existen 8 emociones básicas: miedo, ira, alegría, tristeza, amor, vergüenza, sorpresa y aversión. De estas emociones 5 nos mantienen a salvo y nos avisan del peligro: miedo, ira, tristeza, vergüenza y aversión, dos favorecen que nos relacionemos de forma positiva con las personas y las cosas: alegría y amor y la sorpresa nos puede llevar hacia el rechazo o evitación o hacia la buena relación con los demás.

Esta distribución de las emociones muestra que tiene más peso las que se ocupan de la huida o evitación ya que eran necesarias para la supervivencia del ser humano en la época primitiva. En la sofisticada jungla humana actual estas respuestas pueden ser muy útiles, pero causar, también, graves problemas.

Socialmente hemos evolucionado mucho desde nuestros orígenes, pero siguen siendo los orígenes biológicos los que nos mueven.  Cuando seamos capaces de entender que las emociones de huida/evitación se desencadenan con más facilidad que las de apego/crecimiento comprenderemos  fácilmente la sencilla razón por la que las organizaciones tienden a dirigirse a través del miedo. Es la emoción que se desencadena más fácilmente porque es la que está más ligada a la supervivencia. Supone, también, la ruta más rápida hacia el burnout. Desde la perspectiva organizacional los líderes que entienden cómo las ocho emociones condicionan nuestros actos, pensamientos y sentimientos pueden ser mucho más efectivos, ya que son conscientes de sus emociones y de sus comportamientos y de cómo éstos pueden desencadenar emociones en los demás. 

El cerebro es un conjunto de sistemas paralelos, cada uno con distintas funciones. Aunque partes diferentes del mismo tienen propósitos específicos, existen un infinito número de posibilidades para construir rutas a través del cerebro para transmitir mensajes. Éstos se transmiten por señales electroquímicas a través de las sinapsis. Éstas se encuentran controladas por los neurotransmisores. En diversos estados, tales como la fatiga, la depresión o al estar enamorado, los neurotransmisores facilitan o dificultan la transmisión de mensajes. Esto ocurre, también en el caso de reacciones emocionales fuertes. Las neuronas utilizan una frecuencia y patrón (código) para trasladar la información de una localización a otra. Cualquier  cosa, sencilla o compleja, que sentimos, pensamos o hacemos está dirigida por estos sistemas, que están siendo constantemente alimentados por la información que les llega del cuerpo y del mundo exterior.  Los mayores facilitadores de la puesta en marcha o detención de estos procesos son las emociones que tienen que ver con las relaciones.

Las emociones están siempre acompañadas de reacciones físiológicas. Lo que llamamos “sentimientos” son las combinaciones refinadas y conscientes de las emociones normalmente inconscientes. Son éstos, el producto de nuestro sistema emocional y no los pensamientos, los que regulan la toma de decisiones. Las decisiones de mejor calidad que se toman en las organizaciones tienen todas componentes emocionales.



El miedo es la emoción más básica y profunda. Juega un papel importante en nuestro desarrollo como personas. Nacemos preparados para tener miedo. Existen algunas cosas que parece que genéticamente nos pueden producir temor como las alturas, los leones, las serpientes,…, y otras  que aprendemos a través de la educación recibida. Independientemente de la fuente del miedo, aprendida o genética, existe un circuito en el cerebro para asegurarnos de que no sólo aprendamos de qué tenemos que tener miedo sino, también, para que no lo olvidemos, seamos conscientes de ello o no. De algunas cosas seremos conscientes ( memorias explícitas) y de otras no ( memorias implícitas). Las cosas que recordamos están representadas simbólicamente en una estructura en el cerebro llamada hipocampo. Enterradas profundamente en el cerebro con el  hipocampo, detrás de los ojos y la nariz, existen dos estructuras  en forma de almendra conectadas entre sí que constituyen la amígdala. Una de sus principales funciones es asegurar nuestra supervivencia. Recibe información del mundo exterior, la procesa y si considera que existe una amenaza comienza a actuar: la frecuencia cardíaca y la tensión arterial comienzan a elevarse, se liberan las hormonas del estrés,…. Informa, también, a los centros de movimiento del cuerpo para que reaccionen (huir, gritar, golpear, no responder,…). La adrenalina se extiende por el cuerpo, retorna al cerebro y  por razones no bien conocidas pero que parece están relacionadas con nuestra supervivencia, influye para reforzar las memorias que se están creando de la situación.

 En paralelo con esta ruta rápida las señales de peligro van a través de otro sistema al cerebro pensante, que tarda unos momentos  en darse cuenta de lo que está pasando. Las señales se envían a la amígdala pero matizadas por el pensamiento. Lo que sigue es la habilidad para plantear estrategias de supervivencia o buenas razones basadas en el razonamiento y la lógica.

Por tanto, los mecanismos del miedo en el cerebro funcionan de la misma manera si la amenaza proviene de una serpiente venenosa que de un jefe “venenoso”. Pero en este último caso la evolución interviene y puede actuar  el pensamiento  y las emociones inteligentes.

Una de las funciones más básicas del cerebro consiste en capturar, codificar y almacenar los detalles simples y complejos de cualquier experiencia. Comienza desde el nacimiento y constituye el patrón único y diferenciador de la memoria autobiográfica de cada persona.

El aprendizaje temprano está empapado por el aprendizaje emocional. Es imposible separar nuestra experiencia de las emociones que percibimos. El proceso considerado más crucial para convertirnos en adultos autónomos a través del desarrollo psicológico es la experiencia de relacionarnos con los demás. En él el miedo es una herramienta de aprendizaje poderosa. Como todas las emociones puede ser contagiosa, se puede transmitir sin necesidad de palabras. Si miramos a alguien y vemos que siente miedo es difícil que no lo sintamos, también, nosotros, aunque sólo sea por un momento. Investigaciones recientes sugieren que la amígdala está preparada para responder ante el lenguaje corporal o las expresiones faciales, por ejemplo. En el mundo animal la comunicación no verbal es esencial para la supervivencia. En los humanos para la relación entre un bebé y su madre son claves los mensajes no verbales para el aprendizaje temprano. Mucho de lo que aprendemos en las primeras etapas de nuestra vida  no lo vamos a recordar, al menos de forma consciente. Pero almacenadas en la amígdala están todas las situaciones relacionadas con el miedo que hemos experimentado, en forma de patrones neuronales que pueden ser estimulados en cualquier momento en nuestras vidas. Cualquier experiencia individual de temor es vital para nuestro desarrollo como personas.

Cuando el miedo surge en el trabajo las estrategias de supervivencia se anteponen a la creatividad, al pensamiento independiente, a la toma de decisiones, al compromiso con la organización y lo que es más grave el hacer lo que quiere el jefe es prioritario sobre hacer lo correcto.

Al mantenerse en nuestra memoria el miedo mucho tiempo después de que haya cesado el peligro, es una herramienta muy útil para enseñar y controlar.   

El aprendizaje de lo que tenemos que temer, según se ha demostrado, por ejemplo con las investigaciones de Nash, afecta al cerebro del feto.  Traumas que recibe su madre intervienen en los sistemas relacionados con la amígdala del feto en desarrollo. Una madre muy ansiosa o deprimida pone en riesgo a su hijo, ya que éste puede verse afectado por las mismas emociones. 

El bebé aprende en la parte no consciente del cerebro. Las memorias que tiene en la amígdala son simbólicas y si pudiesen ser recuperadas lo harían en forma de imágenes. Para recordar memorias y ser consciente de ellas necesitamos la habilidad de pensar y exponer verbalmente esos pensamientos. Con la adquisición del lenguaje comenzamos a disponer de memorias accesibles. El sistema que controla la memoria del cerebro es jerárquico: el sistema de almacenaje de memorias implícitas basado en la amígdala está conectado con el cerebro primitivo emocional, el almacenaje de la memoria explícita basada en el hipocampo está conectado con el sofisticado cerebro pensante. Ambos están relacionados entre sí. Pero, es posible que las emociones de temor surjan de la parte no consciente de nuestro cerebro y tengan que ver con experiencias de las que la persona no tiene ningún recuerdo. Esta es la  razón por la que en ocasiones podemos tener reacciones emocionales que parecen no tener ningún sentido para nosotros. Si lo tienen para el cerebro, pero no para nuestro yo consciente.

Independientemente de la forma que el miedo se manifieste en las etapas tempranas de nuestras vidas establece patrones que nos van a acompañar a lo largo de nuestras vidas. Por ejemplo, el tipo de miedo que es más frecuente en las organizaciones, el que tiene que ver con las relaciones, está condicionado por los patrones que los profesionales han forjado desde la infancia y va a marcar la calidad de las relaciones en el trabajo. No hay que olvidar que los primeros jefes son los padres.

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