domingo, 23 de octubre de 2016

EL EGO ES NUESTRO ENEMIGO. ESTRATEGIAS PARA COMBATIRLO I


Ryan Holiday en su libro “Ego is the enemy. The fight to master our greatest opponent” ofrece una reflexión práctica sobre  la naturaleza y peligros del ego, recomienda la lucha por su destrucción antes que nos destruya y muestra cómo podemos ser humildes en nuestras aspiraciones, sensatos ante nuestros éxitos y resilientes ante nuestros fallos, para lograr tener confianza en nosotros mismos sin que nos domine el ego.

Nuestro peor enemigo reside dentro de nosotros y es nuestro ego. Pensamos que no ocurre así en nuestro caso ya que tendemos a creer que somos personas equilibradas, pero para aquellas que son ambiciosas, que tienen talento y un potencial para desarrollar el ego viene incluido. Precisamente aquello que nos hace ser más prometedores como pensadores, creadores o emprendedores, aquello que hace que destaquemos en esos campos nos hace vulnerables a ese lado más oscuro de nuestras mentes.

Los psicólogos, en la actualidad, utilizan el término egocéntrico para referirse a alguien que está peligrosamente centrado en él mismo sin tener ninguna consideración por los demás. El ego que vemos más comúnmente responde a una definición más sencilla: es la creencia insana de nuestra propia importancia, la arrogancia, la ambición centrada en nosotros. Refleja a ese niño interior petulante, que todos tenemos en nuestro interior, que quiere salirse siempre con la suya por encima de los demás.  La necesidad de ser mejor que los otros, de ser más que, de ser más reconocido más allá de lo razonable, eso es el ego, que nos lleva a distorsionar la realidad.

La mayoría de nosotros no somos “egomaníacos”, pero el ego está en la raíz de casi todos nuestros problemas y obstáculos, desde por qué no podemos ganar a por qué necesitamos ganar en todas las ocasiones a expensas de los demás. De por qué no tenemos todo lo que queremos a por qué tener todo lo que queremos no hace que nos sintamos mejor. Normalmente no vemos las cosas de esta manera. Pensamos que, sobre todo, otras personas son las responsables de nuestros problemas.

Si consideramos el ego como la voz que nos dice que somos mejores de lo que realmente somos podemos decir que el ego inhibe el verdadero éxito al evitar la conexión honesta y directa con el mundo que nos rodea. Por tanto, no podremos trabajar con los demás si elevamos barreras que nos separan, no podremos mejorar el mundo si no lo entendemos, no sernos capaces de dar o recibir feedback si no estamos interesados y somos insensibles a las fuentes externas, no podremos reconocer o crear oportunidades si en lugar de ver lo que tenemos delante de nuestros ojos vivimos dentro de nuestra propia fantasía. Si no somos conscientes de cuáles son nuestras habilidades comparadas con las de los demás lo que tenemos no es seguridad en nosotros mismos sino engaño. No seremos capaces de liderar a otros si no podemos interesarnos por sus necesidades.

Podemos pensar que el ego ha funcionado en muchos casos como se puede observar en el hecho de que muchos de los hombres y mujeres que han sido más famosos a lo largo de la historia eran extremadamente egocéntricos, pero también se han caracterizado por sus grandes errores debidos a esta característica. 

En cualquier momento de nuestras vidas las personas nos encontramos en una de estas tres situaciones:

a).- Aspiración. Esperamos lograr algo, tratando de dejar nuestra huella en el universo.

b).- Éxito. Hemos triunfado, puede que un poco o puede que mucho.

c).- Fracaso. Hemos fallado,  recientemente de forma excepcional o de forma continuada.

La mayor parte de las personas fluimos por esos tres estados, aspiramos e intentamos alcanzar algo hasta que tenemos éxito, luego mantenemos este éxito hasta que fracasamos o hasta que aspiramos a algo más y si nos equivocamos empezamos otra vez a aspirar y a triunfar.

El ego es el enemigo en cada una de estas etapas, tanto para crear, como para mantener o recuperarnos. Holiday propone para evitar su efecto nocivo:

1.- Ser humildes en nuestras aspiraciones.

2.- Ser amables en nuestros éxitos.

3.- Ser resilientes ante nuestros fallos.

I.- ASPIRAR

Isocrátes, aproximadamente en el año 374 a. de C. escribió una carta a un joven llamado Demónico, cuyo padre había sido su amigo y había fallecido recientemente, con la intención de darle consejos para que siguiese el ejemplo de su padre, en forma de preceptos para los años venideros. Demónico, como muchos de nosotros era ambicioso y esta era la razón por la que Isócrates le escribía, ya que era consciente que el camino de la ambición puede ser peligroso. Comenzaba informándole que “ningún adorno resulta más atractivo como la modestia, la justicia y el autocontrol, porque éstas son las virtudes en las que todos los hombres están de acuerdo que deben modular y controlar el carácter de los jóvenes”. “Practica el autocontrol, aborrece a los aduladores y embusteros porque si confías en cualquiera de ellos, dañarán a aquellos que confían en ellos ”, recomendaba. Le sugería que fuese afable en sus relaciones con los que se acercasen a él, nunca arrogante, porque el orgullo de los arrogantes ni siquiera los esclavos eran capaces de aguantar y que fuese lento en sus deliberaciones pero rápido en llevar a cabo sus deliberaciones, porque lo mejor que tenemos en nosotros es el buen juicio.

Estos consejos pueden resultarnos  familiares porque los hemos escuchado o leído  en múltiples ocasiones. Shakespeare, por ejemplo, alertaba de los peligros del ego sin control en Hamlet. El caso de William Sherman, general en la guerra civil americana, es también muy ilustrador. Como en el caso de Demónico su padre falleció cuando era muy joven y fue adoptado por un sabio senador americano, Tomás Ewing. Se convirtió en asesor de Lincoln durante la guerra civil y sus estrategias se hicieron famosas pero nunca quiso asumir más allá de un rol secundario y rechazó ser presidente de Estados Unidos. No considerando todos los incesantes halagos y atención que recibía debido a sus éxitos escribió como una advertencia a su amigo Ulysses S. Grant: “ Se natural y se tu mismo y las adulaciones deslumbrantes serán como la brisa del mar en un día cálido”.

La lección, que según el autor, podemos extraer del ejemplo de Sherman es que tenemos que equilibrar el talento, la ambición y la intensidad de nuestras aspiraciones. Puede parecer una recomendación extraña, ya que aunque Isócrates y Shakespeare deseaban que las personas  tuviesen autocontrol, se motivasen y se moviesen por unos principios, a la mayoría nos han educado para a hacer lo contrario. Nuestros  valores culturales parece como si quisiesen que dependan de nuestras emociones. En las últimas generaciones los padres y maestros se han centrado en construir nuestra  autoestima, defendiendo que podemos hacer todo lo que nos propongamos. Lo que se consigue es hacernos más débiles ya que como decía Irving Berlin: “El talento es el punto de partida” La pregunta que tenemos que hacernos es si seremos capaces de desarrollarlo al máximo   o si por el contrario lo utilizaremos inadecuadamente y nos convertiremos en nuestro peor enemigo. Lo que podemos observar del ejemplo de Sherman es que era un hombre muy ligado a la realidad, tenía “los pies en la tierra”.  Logró muchas cosas sin pensar nunca que “tenía derecho” a los honores que recibía. Por el contrario procuraba compartirlos y contribuir para que su equipo triunfase, aunque supusiese menos reconocimiento o fama para él mismo.

Holiday defiende que la habilidad para evaluar nuestras propias capacidades es la más importante que poseemos: sin ella no podemos mejorar. El ego intenta entorpecerla e interfiere, ya que evidentemente es más agradable centrarnos en nuestros talentos y fortalezas aunque nos puedan conducir a actitudes arrogantes y egocéntricas que van a inhibir nuestro crecimiento.

En esta fase el autor recomienda que practiquemos el vernos a nosotros desde una cierta distancia, cultivando la habilidad de salir de nosotros mismos. El desapego ejerce como antídoto natural del ego. Es fácil obsesionarnos con nuestra valía, todo narcisista es capaz de hacerlo, lo que es más complicado puede llegar a ser el  tener confianza y seguridad en nosotros mismos al tiempo que nos mantenemos  humildes.

Una  pregunta clave que debemos hacernos es si queremos ser o queremos hacer. Uno de los estrategas que han sido más influyentes en el mundo militar actual es John Boyd, desconocido para la mayoría de las personas. Trabajó en el Pentágono durante muchos años no superando nunca el rango de coronel a pesar de sus numerosas contribuciones. En 1973 le hizo la siguiente reflexión a un oficial joven que quería ser promocionado: “ En un momento dado vas a tener que tomar una decisión sobre qué dirección quieres tomar. Si vas por una de ellas serás “alguien”, pero tendrás que hacer compromisos y en ocasiones tendrás que dar la espalda a tus amigos, pero serás un miembro del “club”, serás promocionado y tendrás buenos destinos. Si eliges el otro camino entonces podrás hacer algo para ti, para tu país y para tu regimiento. Si decides que quieres hacer algo es posible que no seas promocionado, que no obtengas buenos destinos y que con toda certeza no seas el favorito de tus superiores, pero no tendrás que comprometerte por los favores recibidos, serás  coherente y sincero contigo mismo y con tus amigos y tu trabajo marcará una diferencia. Decidirás si serás alguien o si harás algo”. Boyd concluyó sus palabras con las siguientes palabras que sirvieron de guía a lo largo de su vida al oficial y a muchos de sus compañeros: “¿Ser o hacer? ¿Qué camino tomarás?
Independientemente de lo que aspiremos a hacer en nuestras vidas la realidad interfiere en nuestro idealismo juvenil. Esta realidad se presenta con muchos nombres y formas: incentivos, compromisos, reconocimientos y políticas. En cada caso pueden redirigirnos rápidamente de hacer algo a ser algo gracias a la intervención del ego. Por esta razón Boyd quería transmitir a los jóvenes que si no somos cuidadosos fácilmente podemos encontrar que la propia ocupación a la que queríamos servir nos ha corrompido.

Sin darnos cuenta con frecuencia nos enamoramos de una imagen de lo que pensamos que es el éxito: el nombre de un puesto de trabajo, asistir a una escuela de negocios, el número de personas que tenemos a nuestro cargo, los beneficios económicos y de otro tipo que recibe,…. Las apariencias son engañosas tener autoridad no es lo mismo que ser una autoridad, ser promocionado no necesariamente significa que estamos haciendo un buen trabajo ni que seamos merecedores de dicha promoción.
Tenemos que decidir qué camino queremos elegir. Boyd hacia un ejercicio que consistía en aprovechar sus visitas o sus charlas a oficiales de las fuerzas aéreas para escribir en una pizarra con letras grandes las palabras: DEBER, HONOR, NACIÓN. Luego las tachaba y las reemplazaba por: ORGULLO, PODER, CODICIA. Quería recalcar que muchas de las estructuras  y sistemas por los que los oficiales tenían que navegar si querían ascender podían corromper los valores a los que se suponía tenían que servir. El ego, en nuestras vidas, en muchas ocasiones hace eso: tacha o elimina lo que realmente tiene importancia y lo sustituye por lo que no lo tiene.

La elección que nos plantea Boyd nos habla del propósito: ¿Cuál es nuestro propósito? ¿Qué es lo que hemos venido a hacer? Si lo que nos  importa es nuestra  reputación, sentirnos integrados o “miembros de ….”, el reconocimiento externo, …nuestro camino es claro: decir a las personas lo que quieren oír, buscar la atención por encima del trabajo importante pero no llamativo, aceptar promociones, las merezcamos o no,…, pagar las “deudas o favores”, correr detrás de un puesto, de la fama o de un salario y esencialmente dejar las cosas tal como están.

Si por el contrario el camino elegido va más allá de nosotros y queremos hacer algo que sea significativo para los demás todo se torna repentinamente por un lado más fácil y por otro más complicado. Más sencillo porque sabemos lo que tenemos que hacer y las demás “elecciones” desaparecen ya que son sólo distracciones. Lo importante es hacer no buscar el reconocimiento por lo hecho. Es más fácil, también, porque no tenemos que aceptar compromisos que pueden parecernos inadecuados o injustificados. Es más duro porque cada oportunidad, independientemente de lo gratificante que sea, tiene que ser evaluada con unos criterios estrictos: ¿Esto me sirve para lograr lo que he decidido hacer? ¿Me permite hacer lo que necesito hacer? ¿Estoy siendo egoísta?

Boyd logró cambios y mejoras en su campo de conocimiento que pocos teóricos de la estrategia militar han conseguido. Se le conocía como “Gengis  John” porque nunca dejaba que los obstáculos o sus oponentes impidiesen que hiciese lo que pensaba que tenía que hacer. Sus elecciones le supusieron diversos costes: se le conocía también como el “coronel del ghetto” por su estilo frugal de vida. No fue promocionado nunca más allá del grado de coronel y fue olvidado  por la historia como castigo por el trabajo que hizo.


El autor recomienda que pensemos en él cada vez que nos sintamos poco reconocidos y que nos preguntemos: ¿Realmente necesito esto? ¿ O es verdaderamente una cuestión de ego?


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