domingo, 22 de octubre de 2017

LAS TRAMPAS DE LA FELICIDAD. CÓMO NOS SABOTEAMOS A NOSOTROS MISMOS EN EL TRABAJO


Annie Mc Kee, autora de “How to be happy at work”, en la edición de septiembre-octubre de Harvard  Business Review, plantea que la vida es demasiado corta para que seamos infelices en nuestro trabajo, pero que muchos profesionales, que tienen libertad para diseñar sus carreras sienten  que no se están realizando en su trabajo, les falta compromiso con el mismo y se sienten mal en su vida laboral.

Durante años hemos estado contemplando los desalentadores niveles de compromiso de los profesionales. Numerosos estudios demuestran que cerca de dos terceras partes de los trabajadores en Estados Unidos se sienten aburridos o desenganchados y dispuestos a sabotear planes, proyectos y a otros compañeros. Múltiples factores originan este malestar contemporáneo. La Asociación Americana de Psicología ha encontrado, a inicios de 2017, que los estadounidenses están padeciendo mayores niveles de estrés que nunca debido a la situación política, a la rapidez de los cambios y a la incertidumbre que se vive en el mundo. Pero no siempre debemos culpar a fuerzas externas de nuestra infelicidad, en ocasiones somos nosotros los responsables, debido a que muchos de nosotros caemos en lo que la autora llama las “trampas de la felicidad”. Éstas son patrones mentales destructivos y formas de trabajar que hacen que nos sintamos atascados, infelices y nos impidan alcanzar el éxito.

Tres de las más comunes: la ambición, hacer lo que se espera de nosotros y trabajar demasiado pueden parecer productivas en la superficie pero son dañinas cuando se llevan a situaciones extremas.

1.- LA TRAMPA DE LA AMBICIÓN

El deseo de alcanzar metas y progresar en nuestras carreras nos empuja a ser y dar lo mejor de nosotros mismos. Pero cuando la ambición se une a la hipercompetitividad y al único objetivo de ganar nos vamos a encontrar con problemas ya que nos cegamos y no vemos el impacto que nuestras acciones pueden tener sobre los demás, las relaciones se dañan y la colaboración se resiente, comenzamos a perseguir metas por el mero hecho de demostrar nuestra valía y el trabajo comienza a perder su significado.

No hay nada inherentemente malo en ser ambiciosos. En ocasiones logra que los profesionales mejoren sus habilidades sociales ya que la colaboración eficaz es un prerrequisito para el éxito a largo plazo en las organizaciones más complejas, pero si terminan centrándose exclusivamente en sus propios intereses sus compañeros van a dejar de confiar en ellos y de prestarles ayuda.

2.- LA TRAMPA DE TENER QUE HACER TODO LO QUE SE ESPERA DE NOSOTROS

Hacer lo que creemos que debemos hacer en lugar de lo que queremos hacer es una trampa en la que todos corremos el riesgo de caer en algún momento de nuestras vidas laborales. Es verdad que alguna de las reglas no escritas que moldean nuestras carreras profesionales son positivas, como por ejemplo completar nuestra educación o ser puntuales y respetuosos en el trabajo, pero muchas de las normas que rigen nuestros lugares de trabajo nos fuerzan a rechazar quiénes somos y a tomar decisiones que pueden lastrar nuestro potencial y anular nuestros sueños.

Para tener éxito en la mayoría de las organizaciones debemos obedecer reglas sobre cómo vestirnos, comunicarnos, con quién debemos relacionarnos y hasta en ocasiones extremas cómo debe ser nuestra vida fuera del trabajo. Por ejemplo existen empresas en las que es imposible asumir roles de liderazgo si no estás casado con una mujer y en Fortune 500 sólo el 4% de los puestos de altos ejecutivos están ocupados por mujeres y menos del 1% por personas de color. Estos datos sorprendentes nos dicen “quiénes tienen que liderar” y quiénes tienen que seguir” en las principales empresas.

Estas normas no escritas no sólo no tienen ningún fundamento sólido ya que, por ejemplo, el estado civil, el género y la raza no muestran ninguna correlación con las habilidades necesarias para ser un buen líder, sino que ocasionan efectos negativos a nivel personal cuando los profesionales sienten que tienen que esconder quiénes son o pretender que son alguien que no son. Kenji Yoshino y Christie Smith mostraron en un estudio, patrocinado por Deloitte,en el que se analizaba la situación de más de 3.000 trabajadores, que el 61% de éstos sentían que debían ocultar quiénes eran en alguna faceta de sus vidas si querían encajar en su organización. Por ejemplo, en algunos casos las mujeres no hablaban de sus hijos para evitar la “penalización de la maternidad” o los afroamericanos evitaban juntarse entre sí para evitar ser considerados como parte de un grupo marginal. Hasta un 45% de los hombres blancos reconocían sentir la necesidad de no hablar de cosas que les pudiesen significar como estar deprimido o tener un niño con problemas para evitar parecer vulnerables, porque sentían que tenían que demostrar siempre su fortaleza.

Vivir escondiendo nuestro verdadero yo conduce a la infelicidad y deteriora el desempeño profesional al decrecer el compromiso y al aflorar y hacerse evidente  la insatisfacción con el trabajo y los compañeros.

Evitar esta trampa no consiste, obviamente, en ignorar completamente las normas, sino en reconocer cuáles pueden terminar dañándonos. La conformidad no contribuye a que surjan contribuciones creativas u originales ni conduce a la felicidad en el trabajo, ingrediente clave para el éxito profesional mantenido.

3.- LA TRAMPA DE TRABAJAR EN EXCESO

Algunos profesionales reaccionan ante las presiones de estar “siempre disponible” que se plantean en numerosos trabajos en el siglo XXI dedicando todos los momentos de vigilia del día a trabajar o a pensar en el trabajo. Por esta razón carecen de tiempo para dedicar a la familia, amigos o a conocer a los compañeros y para cuidar de su salud y bienestar.

Esta situación conduce a una espiral negativa: la mayor carga de trabajo produce mayores niveles de estrés, este incremento del estrés enlentece nuestra capacidad mental y compromete nuestra inteligencia emocional, disminuye nuestra creatividad y las menores habilidades de relación dañan nuestra habilidad para conseguir que las cosas se hagan.

Trabajar en exceso puede resultar seductor porque todavía constituye un factor de reconocimiento en muchas organizaciones. Erin Reid, encontró, en sus investigaciones, que algunas personas, sobre todo hombres, mentían sobre el número de horas que trabajaban y decían que lo hacían durante una media de 80 horas a la semana porque pensaban que de esta forma iban a impresionar a sus jefes. La obsesión por el trabajo, también, puede proceder de nuestros demonios interiores ya que alimenta nuestras inseguridades, mitiga nuestro sentimiento de culpabilidad cuando vemos que otros trabajan en exceso o nos ayuda a escapar de nuestros problemas personales. Muchos profesionales piensan que así aliviarán su nivel de estrés al poder terminar un proyecto, leer todos sus correos o redactar un informe pendiente, por ejemplo, creen que así mantendrán el control, sin ser conscientes de que las demandas de trabajo difícilmente van a acabar.

Las organizaciones planas y los mercados ultracompetitivos están favoreciendo esta trampa porque se espera  que se haga más con menos efectivos. Con los avances tecnológicos estamos realizando tareas que antes hacían otros o con los móviles estamos conectados permanentemente.

La autora propone para salir de estas trampas seguir los siguientes pasos:

a).- Aceptar que merecemos ser felices en el trabajo. Esto supone superar la idea de que el trabajo no puede ser una fuente primaria de realización y satisfacción. Durante siglos se ha considerado como un medio para la supervivencia básica. Evidentemente muchas personas siguen enfrentándose a condiciones de trabajo penosas y para ellas el trabajo equivale a una carga penosa, pero distintos estudios han mostrado que hasta las tareas menos especializadas pueden producir sensación de plenitud.

El trabajo puede ser una fuente de verdadera felicidad, ya que supone el disfrutar de las actividades diarias motivados por un propósito que  tenga un sentido, por la confianza en el futuro y por amistades sólidas. Para gozar de estos componentes de la felicidad debemos primero indagar en los hábitos y motores que están dificultando el que lo hagamos, planteándonos preguntas como: ¿Por qué trabajo todo el tiempo?, ¿Mi ambición y deseo de ganar me beneficia o me daña? O  ¿Por qué estoy atrapado en lo que debo hacer y no persigo lo que quiero hacer?

En las últimas décadas diversos psicólogos e investigadores han llegado al acuerdo de que existen 12 competencias emocionales que sirven para evitar o liberarnos de las trampas mencionadas. Éstas tienen que ver con la autoconciencia, la conciencia social ( empatía y conciencia de la organización), la gestión de uno mismo ( orientación al logro, actitud positiva, adaptabilidad y control emocional) y la gestión de las relaciones ( liderazgo inspirador, trabajo en equipo, capacidad de ejercer de coach y mentor, influencia y manejo de conflictos). De entre ellas la autora selecciona tres:

1).- Conciencia emocional o la capacidad de identificar y entender nuestros sentimientos y estados de  ánimo y de reconocer cómo intervienen en nuestros pensamientos y acciones.

2).- Autocontrol. El ser consciente es un buen comienzo pero después debemos actuar y en este momento entra en juego el autocontrol y nos permite tolerar la sensación de incomodidad que surge cuando vemos lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos y abordar acciones que se encuentran fuera de nuestra zona de control.

3).- Conciencia de la organización o la capacidad de comprender nuestro entorno de trabajo nos va a ayudar a distinguir lo que procede de nuestro interior de lo que viene de otros o de nuestra empresa. Por ejemplo podemos ver que nuestros compañeros contestan los correos a todas las horas del día y que nuestro exceso de trabajo tiene su origen en las presiones para adaptarnos a esta costumbre y no a una inseguridad personal y tomar la decisión de rebelarnos o seguir respetando las normas.

b).- Encontrar el propósito, la esperanza y la amistad. La felicidad no surge mágicamente por lo que debemos buscar activamente el significado y propósito de nuestras actividades cotidianas, fomentar la esperanza en nosotros y en los demás y s amistades en el trabajo.

Diversas investigaciones han demostrado que las emociones positivas que derivan del trabajo que consideramos que merece la pena nos permiten ser más innovadores y adaptables y realizar mejor nuestras tareas. Cada persona puede tener una motivación diferente pero la autora comenta que en su experiencia en todo el mundo y en todas las profesiones existen unas similitudes: queremos luchar por una causa que nos importe, deseamos crear e innovar, solucionar problemas y mejorar nuestros entornos de trabajo y queremos aprender y crecer.

Si somos capaces de descubrir que aspectos de nuestro trabajo nos llenan realmente y cuáles nos están destruyendo podremos plantearnos elecciones sobre cómo emplear nuestro tiempo y cómo enfocar nuestra carrera profesional.

La esperanza nos posibilita navegar a través de la complejidad, manejar el estrés, el miedo y la frustración y comprender a las organizaciones y vidas frenéticas. No significa caer en pensamientos mágicos sino que es una experiencia emocional poderosa y positiva que nos da valor y conduce a la elaboración de planes bien reflexionados y a la realización de acciones concretas.

Si trabajamos con personas a las que apreciamos y respetamos y si ellas nos responden de la misma forma seguramente disfrutaremos yendo a trabajar. Las relaciones positivas y cálidas son importantes porque desde el comienzo de los tiempos las personas se han organizado en tribus que trabajan y juegan juntas. Las organizaciones actuales son nuestras tribus y deseamos trabajar en un equipo o compañía de la que nos sintamos orgullosos y que nos inspire a volcar todos nuestros esfuerzos en ella. También, queremos que los demás se preocupen por nosotros y nos valoren como personas y deseamos hacer lo mismo por los demás. Nos desarrollamos físicamente y psicológicamente cuando sentimos compasión por los otros y éstos se preocupan, a su vez por nuestro bienestar. Por ejemplo, el estudio Harvard Grant , entre otros, ha encontrado que el amor es el determinante más importante de la felicidad y que las personas que experimentan amor, incluyendo el relacionado con la amistad, tienen más éxito en la vida (incluso a nivel económico).

El amor que necesitamos en el trabajo es el basado en la preocupación e interés genuino por el otro, el cuidado y la camaradería. Este tipo de relaciones están llenas de confianza y generosidad, son una fuente de deleite y hacen que el trabajo sea agradable y divertido.





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