Anne-Laure le Cunff en
Big Think del pasado 31 de marzo plantea que si se aplica ciegamente la
resiliencia puede hacer un daño real a nuestra habilidad para cambiar sistemas
dañados.
Tendemos a considerar
la resiliencia como algo bueno y por tanto alabamos esta cualidad en los
empresarios, cuidadores, estudiantes y líderes. Se ha convertido en una señal
de madurez y fortaleza. Pero un creciente número de investigaciones muestran
que si se utiliza ciegamente puede producir daño a nuestra salud y a nuestra
capacidad de solucionar problemas.
El psicólogo George
Bonanno, uno de los investigadores punteros sobre el tema, mantiene que la
resiliencia no es un rasgo fijo, sino un patrón de flexibilidad regulatoria,
esto es: la habilidad de escoger diferentes estrategias dependiendo del
contexto. la paradoja surge cuando la resiliencia se asimila a una sola
estrategia: agunatar y seguir hacia delante lo que convierte a la resiliencia en una forma rígida
de aguantar.
En numerosos estudios
las personas con una capacidad de aguante mayor suelen persistir mayor tiempo
en tareas que objetivamente no eran alcanzables. Por ejemplo, jugaban más
tiempo, empleaban un mayor esfuerzo y perdían más dinero. La misma cualidad que
ayudaba a estas personas a terminar tareas complicadas, les hace que sean más
lentos en abandonar las que no tienen futuro.
Una malinterpretación
similar ocurre cuando consideramos la adversidad. Uno de los hallazgos más
citados en psicología es la curva en forma de U: las personas que han experimentado
alguna adversidad suelen manifestar que sienten un mayor bienestar a largo
plazo que aquellos que no la han sufrido o la han padecido en exceso. La resiliencia
deja de ser algo positivo cuando hace que las personas sigan tolerado lo que
debe ser arreglado. Por ejemplo es muy peligroso que en las organizaciones se piense
que la adversidad sirve para fortalecer el carácter. Los datos no confirman
esta idea.
A nivel fisiológico la
evidencia científica muestra que en contextos de estrés crónico y escaso
control, este estilo de afrontamiento está ligado a peores resultados
cardiovasculares. Decir que la adversidad nos hace más fuertes puede ayudarnos
a funcionar social y emocionalmente a corto plazo pero puede que evite que
reconozcamos nuestras luchas.
Esta es la paradoja de
la resiliencia: la resiliencia deja de ser positiva cuando mantiene a las
personas tolerando aquello que se debe arreglar.
La resiliencia no es
una virtud, es una estrategia y como toda estrategia tiene fallos. La
autora recomienda cinco formas basadas
en la evidencia de practicar resiliencia sin que se vuelva en nuestra contra. Éstas
son:
1.-
Distinguir entre retos y trampas. Los retos son obstáculos
temporales con un camino claro hacia delante. Las trampas son situaciones en
las que un mayor esfuerzo obtiene resultados negativos o menores. Antes de
seguir en una situación debemos preguntarnos si ésta va a mejorar si
continuamos actuando como hasta el momento. Si la respuesta es negativa el ser
resiliente en esa situación no es una fortaleza es inercia.
2.-
Monitorizar el poder de veto de nuestro cuerpo.
La fatiga crónica, la ansiedad persistente o las enfermedades recurrentes no
son señales de que necesitamos más resiliencia, son signos de que necesitamos
estrategias diferentes.
3.-
Practicar un abandono estratégico. Entrenamos a las personas
para que aguanten, pero no a que sepan cuando abandonar. Pero el cambiar de
ruta cuando los costes sobrepasan a los beneficios es un componente clave de la
agilidad emocional. En ocasiones la cosa más resiliente que podemos hacer es abandonar.
4.- Separar nuestra
valía de nuestra resiliencia. Cuando la resiliencia se convierte en un rasgo de
nuestra identidad, los problemas para aguantar se pueden considerar un fallo
personal. Nuestro valor no se mide por
lo mucho que podamos soportar y tendremos unos resultados más positivos a largo
plazo si cuidamos nuestra salud.
5.- Buscar soluciones
sistémicas. Si es posible debemos procurar no pagar un coste personal ante un
problema colectivo. En ocasiones la respuesta más eficaz ante la adversidad
consiste en trabajar para eliminar su origen en lugar de aprender a tolerarla mejor.
La resiliencia es una
poderosa capacidad humana, pero como cualquier herramienta tiene su uso
adecuado. Más allá de él puede volverse peligrosa. Es por eso por lo que las
personas más resilientes no son aquellas que sufren en silencio, sino aquellas
que se adaptan con rapidez y saben cuándo descansar, cuándo cambiar el rumbo y
cuándo abandonar.






