miércoles, 22 de abril de 2026

CÓMO DEBEN LOS LÍDERES ACTUAR ANTE LOS ERRORES

 


David Burkus en la entrada de su blog correspondiente al pasado 13 de abril plantea que los fallos y errores con frecuencia son considerados por los líderes como un problema, algo que gestionar o pasar por encima antes de que los demás se den cuenta. Este abordaje es incorrecto porque cuando tratan de minimizar o protegerse lo que están haciendo en lugar de proteger su credibilidad es destruirla, así como algo mucho más importante como es la confianza del equipo al que lideran.

Uno de los primeros estudios sobre seguridad psicológica, dirigido por Amy Edmondson, mostró que los líderes de enfermería hospitalarios más valorados eran los que notificaban un mayor número de accidentes o errores producidos en sus equipos. Esto ocurría porque los miembros de sus equipos se sentían seguros a la hora de informar sobre ellos. Los grandes líderes crean entornos donde los errores afloran, se aprende de ellos y se crean sistemas para prevenir que vuelvan a presentarse. Los malos líderes crean culturas de temor, en las que los errores permanecen ocultos lo que no es solo una muestra de un liderazgo muy deficiente, sino que en determinados entornos como el sanitario pueden resultar muy peligrosas.

En cualquier entorno los fallos y errores son inevitables. La innovación conlleva riesgos. La pregunta que los líderes deben hacerse es qué hacer cuando los errores se producen. El autor sugiere que existe una respuesta de tres pasos, que comienza antes de que el líder diga algo a su equipo. Ésta es:

Primer paso: reconocer el error claramente

Utilizando lenguaje directo como, por ejemplo: “ Esto no ha ido como pretendía , equivoqué la decisión”. Aunque en el resultado esté involucrado todo el equipo el líder debe reconocer su responsabilidad primero.

Pero este reconocimiento no es suficiente. Existe una distinción crítica que los líderes deben hacer entre el resultado y el esfuerzo. Si el equipo ha ejecutado correctamente, pero la estrategia era equivocada, hay que decirlo de forma explícita. Si el líder había asumido un riesgo calculado hay que reconocerlo, diciendo, por ejemplo: “El resultado no ha sido el deseado , pero tomamos un riesgo inteligente. Me alegro de que lo intentásemos”.

Si el líder no habla claro su equipo sacará sus propias conclusiones, normalmente las equivocadas y pueden decidir que arriesgarse no merece la pena, que es esfuerzo no importa si el resultado no es el esperado y se volverán más cautos y temerosos  a la hora de seguir adelante. Un fallo mal gestionado puede arruinar meses de seguridad psicológica, mientras uno bien gestionado puede profundizar el sentimiento de seguridad dentro del equipo.

Paso segundo: transformar el error en una oportunidad  de aprendizaje

Reconocer el fallo es el primer paso. El segundo consiste en convertirlo en una experiencia  útil y la mejor forma de hacerlo es a través de un “postmortem” estructurado. Se trata de examinar tranquilamente lo que ha ocurrido y extraer enseñanzas que hagan que sea más complicado la aparición del error.  

Investigaciones muestran que los equipos que realizan “postmortems” con regularidad mejoran su efectividad en un 25% en todo tipo de sectores. La palabra clave es regularidad y funcionan mejor cuando están incluidos en el ritmo normal del equipo, por ejemplo tras cada proyecto, en lugar de reservarlos para cuando se producen fallos catastróficos. Cuando se realizan de forma rutinaria se convierten en parte la forma en la que el equipo aprende, pero si solo se efectúan cuando algo va muy se interpretan como un castigo.

Las siguientes preguntas sirven para encuadrar el “postmortem”:

1.- ¿Cuál era el resultado pretendido y deseado?

2.-  ¿Cuál ha sido el resultado real?

3.- ¿Qué debemos hacer la próxima vez?

4.- ¿Qué debemos hacer de forma diferente?

Tercer paso: restablecer la dirección

Después de un fallo o un error la amenaza más persistente para el desempeño de un equipo no es la frustración ni la decepción, es la ambigüedad. Las personas comienzan a hacer preguntas,  que pueden manifestar o no del tipo: “Va a volver a pasar esto?, ¿Saben nuestros líderes lo que están haciendo? O ¿Debo estar preocupado por mi trabajo?

Si esta incertidumbre no se aborda crece y enlentece la toma de decisiones, incrementa la ansiedad y silenciosamente mina la seguridad que las personas necesitan para asumir un nuevo  riesgo. Los líderes que se recuperan bien de los fallos no solo procesan el pasado, sino que ofrecen a sus equipos una visión clara de lo que va a venir después.

Antes de dirigirse al equipo el líder puede hacerse una serie de preguntas directas:

a).- ¿Cuáles son las nuevas prioridades?

b).- ¿Qué estamos haciendo de forma diferente?

c).- ¿Quién es responsable de lo que estamos haciendo a partir de ahora?

d).- ¿Cuándo vamos a hacer el próximo seguimiento?

e).- ¿Cómo va a ser el éxito ahora?

Estas preguntas fuerzan al líder a transformar las nuevas ideas en acciones, que van a ser las que realmente restauren la confianza.

 

 

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